Budismo

Bodhicaryâvatâra, Capítulo V — Vigilancia o virtud de la moralidad

Algunas observaciones valiosas sobre las relaciones entre los dos Vehículos (89), y la reserva que el autor expresa respecto a las fórmulas mágicas (90).
1) El bodhisattva que quiere guardar la regla debe guardar el pensamiento con todas sus fuerzas: no puede guardar la regla si no guarda el pensamiento inestable.
2) Libres de ataduras, los elefantes en celo causan menos daño en este mundo que, en los infiernos, ese monstruo furioso que es el pensamiento desatado.
3) Una vez que el elefante del pensamiento está envuelto en los lazos de la memoria, todo peligro ha desaparecido, todo bien está presente.
4) Pero ¿hay tigres, leones, elefantes, osos, serpientes, enemigos de todo tipo, guardianes de los condenados, Dâkinîs y Râksasas?
5) Todos están encadenados si el único pensamiento está encadenado; todos, domados si está domado.
6) En efecto, es del pensamiento, del pensamiento solo, de donde proceden todos los peligros y los infinitos sufrimientos de los seres: así lo ha declarado el Verídico.
7) Las espadas infernales, armas de los demonios [o hojas de los árboles infernales], ¿quién las forjó cuidadosamente? ¿Y los suelos de hierro candente? ¿Y las mujeres del árbol Çalmalî, tormento de los adúlteros?
8) El Muni enseña que todo sufrimiento nace del pensamiento pecaminoso: el pensamiento, el pensamiento solo, es temible en los tres mundos.
9) Si la perfection du don [o de la caridad] consiste en enriquecer el mundo, —el mundo sigue siendo pobre hoy—, ¿les faltó entonces a los antiguos Salvadores?
10) Por perfección de la caridad se entiende el pensamiento de entregar a todos los seres todo lo que se posee, [bienes y facultades morales], e incluso el fruto mismo de la caridad: la perfección de la caridad no es, pues, más que pensamiento.
11) ¿Dónde pondré a salvo a todos los seres [que respiran] para evitar [con certeza] el pecado de matar? Adoptar el pensamiento de renunciar a matar, robar, etc., es la perfección de la moralidad.
12) La paciencia tampoco es más que pensamiento: el número de mis enemigos es infinito; ¿a cuántos podría destruir? Pero, muerta la cólera en el pensamiento, ¡muertos todos los enemigos!
13) ¿Dónde encontrar suficiente cuero para cubrir toda la tierra, con sus espinas y asperezas? Basta un simple zapato de cuero y toda la tierra queda cubierta.
14) Lo mismo sucede con la virtud de la energía: ¿está en mi poder mantener a raya el mundo exterior? Dominaré mi propio pensamiento; lo demás importa poco.
15) Si el pensamiento es indolente, la ayuda del cuerpo y de la voz no le asegura ni el cielo ni el estado de Brahmâ; pero el pensamiento enérgico obtiene ambos por sus propias fuerzas.
16) Lo mismo ocurre con la meditación: prácticas múltiples y prolongadas, fórmulas y oraciones, mortificaciones y penitencias, si la mente está en otra parte, si la mente está indolente, son en vano: así lo declaró el Omnisciente.
17) Lo mismo ocurre con la ciencia: como una flor arrastrada por el viento, en vano vagan por los nacimientos, buscan huir del dolor y conquistar la dicha del nirvana, pues no han fijado el pensamiento incomprensible para los hombres ordinarios y fuente de toda santidad.
18) Por lo tanto, es preciso que mi mente sea gobernada por la memoria y protegida por la atención; si abandono la práctica esencial, la protección de la mente, ¿de qué sirven numerosas prácticas?
19) Un hombre herido, en medio de una multitud distraída, solo piensa en proteger el miembro dolorido; del mismo modo, si quieres observar la regla viviendo entre hombres insensatos y malvados, vigila sin descanso tu mente, que es tan sensible como una herida dolorosa.
20) ¡Y qué débil es esta comparación! Se sufre poco por una herida contusa y se la cuida; justamente se debería temer ser aplastado por las montañas infernales, y sin embargo no se vigila esta herida sensible que es la mente.
21) Cuando protege celosamente su mente, incluso en medio de los malvados, incluso en medio de las bellas, el asceta inquebrantable no tropieza en la observancia de la regla.
22) ¡Perezca, si se quiere, lo que poseo! ¡Perezcan los homenajes que me rinden, y mi cuerpo, y mi vida! ¡Perezca todo otro bien, pero nunca mi pensamiento!
23) ¡Honor a quienes quieren guardar el buen pensamiento! Que guarden con todas sus fuerzas tanto la memoria como la vigilancia.
24) Un hombre debilitado por la enfermedad no es apto para ninguna acción; del mismo modo, el pensamiento es incapaz de las obras santas cuando faltan la memoria y la atención.
25) ¿Está el pensamiento desprovisto de atención? Todos los elementos de la sabiduría, los frutos de la enseñanza, de la reflexión y de la intuición meditativa se escapan de la mente: así como el agua se escapa de un vaso agrietado.
26) Entre los hombres instruidos, creyentes y enérgicos, muchos se manchan con el pecado por falta de vigilancia.
27) La falta de vigilancia, como un ladrón, acecha las fallas de la memoria; roba los méritos acumulados en vano; faltos de mérito, los hombres van a malos destinos.
28) Las pasiones, como una banda de ladrones, buscan una entrada; cuando la encuentran, roban nuestro viático de buenas obras y hacen perder toda esperanza de un buen destino.
29) Por eso, la memoria nunca se apartará de la puerta de nuestra alma; si se aparta, hay que pensar en los sufrimientos infernales y volver a ponerla en su puesto.
30) Dichoso quien, lleno de deferencia, vive con gurús, con maestros, con buenos compañeros. Los consejos que dan y el temor que inspiran hacen florecer la memoria.
31) «Los Buddhas y los Bodhisattvas llevan siempre y en todo lugar su mirada irresistible: todo está ante sus ojos; estoy en Su presencia».
32) Este pensamiento confiere al bodhisattva el dominio de sí mismo, la vergüenza del pecado, el respeto de la ley, el
temor [a toda falta]; y el recuerdo del Buddha se renueva en él.
33) Cuando la memoria, buena guardiana, vela a la puerta del alma, la vigilancia queda ya asegurada y no vuelve a descuidarse.
34) Por tanto, es preciso que el pensamiento esté siempre [gobernado por la memoria, protegido por la vigilancia]; es preciso también que, [teniendo sentidos], sea como si no los tuviera, como si yo fuera de madera.
35) La mirada no debe vagar sin rumbo; los ojos, [entrecerrados], están [fijos en la punta de la nariz o] dirigidos al suelo [a nueve palmos delante de mí].
36) Sin embargo, para descansar, [el bodhisattva principiante] puede mirar a lo lejos de vez en cuando; [si alguien se acerca], en cuanto se da cuenta, lo mira y le da la bienvenida.
37) Para percatarse de los peligros que puede correr, sobre todo durante un viaje, mira a su alrededor; pero, para hacerlo, tiene cuidado de detenerse y volverse.
38) De este modo, puede avanzar o retroceder con buen juicio y, en cualquier caso, hacer lo que debe hacer.
39) No emprende nada, [lectura o meditación], sin determinar la postura adecuada para el cuerpo; de vez en cuando se asegura de que no haya cambiado.
40) Vigila con gran cuidado al elefante furioso del pensamiento, para que permanezca encadenado al gran poste del pensamiento de la ley.
41) «¿Dónde está mi pensamiento?» Lo sigue [y lo trae de vuelta] para que nunca abandone, ni siquiera por un instante, el yugo de la concentración.
42) Sin embargo, en caso de peligro, con ocasión de una fiesta religiosa, [o ante la urgente necesidad de otra persona], el bodhisattva debe seguir su impresión. [Si es incapaz de permanecer concentrado, no hay falta], pues los [Libros] nos enseñan que se puede descuidar la moralidad cuando es el momento de practicar la caridad.
43) [Pero esta excusa no justifica la negligencia:] la obra [santa, meditación, lectura, etc.], emprendida con prudencia [siguiendo los consejos de la razón, las instrucciones de las Escrituras o las recomendaciones de un amigo espiritual], primero hay que terminarla aplicándose por entero a ella.
44) Así, ambas acciones se harán bien; de otro modo, se perderán las dos y el vicio de la falta de vigilancia cobrará impulso.
45) El bodhisattva combate la excitación que provocan las conversaciones frívolas y confusas, tan frecuentes, y la que provocan las cosas maravillosas.
46) Aplastar tierra, cortar hierbas, trazar líneas son acciones inútiles de las que el bodhisattva se abstiene sin vacilar y con temor, porque el Tathâgata las ha prohibido.
47) Cuando tiene ganas de moverse o de hablar, el bodhisattva examina primero su pensamiento; lo restablece, [si es necesario], en la serenidad adecuada.
48) Si el pensamiento está bajo la influencia del deseo o de la aversión, no hay que actuar ni hablar, como si se fuera de madera.
49) Del mismo modo, si está distraído, es arrogante, orgulloso, egocéntrico, brutal, tortuoso, astuto;
50) inclinado a la jactancia, al desprecio por los demás, al desdén, a la disputa; hay que permanecer inmóvil como si se fuera de madera.
51) «Mi pensamiento no sueña más que con riquezas, honores, gloria, un séquito numeroso, homenajes de toda clase: por eso permanezco inmóvil como si fuera de madera».
52) «Es hostil al bien ajeno, apasionado por el propio, ávido de compañía, deseoso de desbordarse en palabras: por eso permanezco inmóvil como si fuera de madera».
53) «Carece de paciencia y de energía, es temeroso, arrogante, propenso a las palabras insultantes e inapropiadas, parcial a favor de mis [discípulos y mis parientes]: por eso permanezco inmóvil como si fuera de madera».
54) Cuando reconoce que su pensamiento está sometido a las pasiones, entregado a obras vanas, [el bodhisattva], ese héroe, lo doma para siempre: combate cada pasión con el arma apropiada.
«Exenta de duda y error, llena de benevolencia, firme, respetuosa de la regla y de los gurús, avergonzada [del pecado], temerosa [de sus consecuencias], dueña de los sentidos, dedicada por entero a ganarse a los seres;
«sin entrar en conflicto con los deseos contradictorios de los necios, sino, por el contrario, rebosante de compasión, pues es bajo la influencia de las pasiones que actúan esos desdichados;
«siempre a mis órdenes y a las órdenes de los seres, como una aparición mágica, —pero escrupulosamente sometida a la ley—, así quiero mantener mi pensamiento exento de todo sentimiento del yo».
«Así mantengo mi pensamiento, recordando sin cesar cuánto tardó en obtenerse este momento privilegiado [de existencia humana], así lo mantengo inquebrantable como el monte Meru».
Despedazado por los buitres ávidos de carne, ¿por qué no hace nada el cadáver para defenderse?
¿Por qué velar, oh alma mía, por esta máquina como si fuera tu propio yo? Si el cuerpo es distinto de ti, ¿qué pérdida puedes sufrir por él?
«¡Pero mi cuerpo soy yo!» ¡Extraña confusión! Si al menos el cuerpo fuera tan puro como una muñeca de madera. —Pero no, lo que proteges es una máquina infecta, hecha para pudrirse.
Imagina primero que le quitas esta envoltura que es la piel; luego, con el pensamiento como bisturí, separa la carne de la jaula de huesos;
rompe los huesos uno a uno y examina el tuétano que encierran. Después reflexiona dentro de ti: «¿Hay algo en todo esto que valga la pena?»
No, debes reconocerlo, por más que busques. Dime, pues, dinos por qué sigues cuidando el cuerpo.
[¿Para qué puede servirte?] Ni las impurezas [que contiene] ni las entrañas son aptas para comer; y la sangre no se bebe. ¿Qué piensas hacer con el cuerpo?
[¡Ah! Ya entiendo y] ¡lo apruebo!: si cuidas el cuerpo, es porque lo reservas para los chacales y los buitres. — Hablemos mejor: el cuerpo, por despreciable que sea, es útil para la acción como auxiliar; [pero esto no es razón para tratarlo tan bien].
La muerte despiadada te arrebatará este cuerpo que cuidas celosamente y que reclaman los buitres; y no podrás hacer nada al respecto.
Ahora bien, ¿se acostumbra ser tan generoso con un sirviente que va a abandonar la casa? El cuerpo que cuidas va a dejarte: ¿por qué gastar tanto en él?
Págale su salario, [y nada más]; y ocúpate, alma mía, de tus propios asuntos: pues a un sirviente asalariado no se le da todo lo que gana.
Piensa bien que el cuerpo debe ser un navío que vaya y venga como se quiera: haz que el cuerpo te obedezca para que puedas salvar a los seres.
Así, dueño de sí mismo, el bodhisattva siempre es afable y sonriente; evita fruncir las cejas y el entrecejo; es el primero en pronunciar palabras de bienvenida; es para todos como un amigo.
No golpea los muebles, los bancos, etc., con prisa y estrépito; no golpea las puertas [con los puños o con un palo]; le agrada no hacer ruido.
La garza, el gato y el ladrón avanzan con calma y en silencio: alcanzan sus fines. Que el asceta los tome como ejemplo.
A los hombres hábiles para guiar a los demás, benefactores que no esperan a que se les ruegue, escucha respetuosamente; hacia todos los seres siente el respeto de un discípulo.
Si oye elogiar los méritos del prójimo, se suma al elogio: «¡Bien! ¡Bien! ¡Muy bien!»; si presencia una acción virtuosa, anima con sus elogios.
Pero es en privado donde señala las virtudes de los demás; [para evitar toda sospecha de chismorreo]; [y si se habla de ello en público], aplaude con alegría, [pues lo acusarían de mala intención]. Si se habla de sus propios méritos, reflexiona, [para combatir el orgullo,] sobre el amor a la virtud que tiene quien los alaba,
Toda satisfacción, aquí abajo, se paga con una pena, y el dinero mismo, ¡cuánto menos!, no da la felicidad. ¿Por qué no disfrutar [gratuitamente] de las virtudes adquiridas con gran esfuerzo por los demás?
Así, sin perder nada aquí abajo, me aseguro una gran felicidad para la vida futura. ¿Y qué frutos producen los celos? Aquí abajo, los tormentos de la envidia; pronto, todos los dolores [del infierno].
La palabra [del bodhisattva] es correcta, bien ordenada, clara, seductora para la mente, agradable al oído, perfumada de caridad, sin nada de áspero, mesurada.
[El bodhisattva] mira siempre a los seres con una mirada recta [y afectuosa], como si bebiera [un agua refrescante]. En efecto, piensa: «Si algún día puedo llegar al estado de Buddha, ¿no será gracias a los [seres]?»
Un gran mérito nace de una piedad intensa y constante, [del empleo] de las [virtudes] contrarias [a las pasiones que hay que desarraigar], del «campo de las cualidades», del «campo de los benefactores» y de los desdichados.
[El bodhisattva] es hábil, enérgico; lo hace todo por sí mismo: en ningún asunto se apoya en otros.
Las perfecciones, la caridad, [la moralidad, la paciencia, etc.], son, según su orden, cada vez más excelentes: el bodhisattva no abandona la mejor en favor de la menos buena; salvo, sin embargo, en favor de [la caridad], que es su práctica [esencial y] el dique que retiene las aguas del mérito.
Instruido en esta ley, se aplica sin descanso a los intereses del prójimo; compasivo, incluso debe cometer un pecado si percibe en ello [, con el ojo de la ciencia,] alguna utilidad [para las criaturas].
[Las tres primeras cuartas partes de las limosnas], el bodhisattva las da a los indigentes, a los abandonados, a los religiosos; no come ni demasiado ni demasiado poco; lo da todo [cuando se presenta la ocasión], salvo los tres hábitos [prescritos por el Buddha y su cuenco para las limosnas].
No hace sufrir su cuerpo, que practica la Buena Ley, por un beneficio menor [para otro]; tratado con moderación, este cuerpo cumplirá pronto las esperanzas de las criaturas.
Por la misma razón, no debe sacrificar su vida
por alguien cuyas disposiciones caritativas sean imperfectas;
debe sacrificarla por alguien tan caritativo como él:
de ese modo, nada se pierde.
88) [El bodhisattva] no enseña la ley a un oyente
que esté bien de salud si mantiene una actitud irrespetuosa;
si lleva un turbante; si lleva un parasol, un bastón,
una espada; si tiene la cabeza cubierta.
89) No enseña la ley profunda y sublime a criaturas
mediocres; no enseña a mujeres si no hay un hombre
presente; muestra el mismo respeto por la ley del Pequeño y
del Gran [Vehículo].
90) No introduce en la ley inferior a quien reconoce digno de la ley sublime; pero nunca da la vana esperanza [de alcanzar la pureza], abandonando las reglas de conducta por la [sola] lectura de los Libros [del Gran Vehículo] y de las fórmulas mágicas.
91) [Cuando está sano], no escupe ni arroja el mondadientes en público; menos aún ensucia el agua o la tierra donde crecen verduras.
92) No come con la boca llena, ni haciendo ruido, ni con la boca muy abierta; no se sienta con los pies colgando; no se frota ambos brazos al mismo tiempo.
93) No viaja ni pasa la noche con la mujer de otro si ella está sola. — [En una palabra,] estudia [los libros y las costumbres], pregunta [a quienes están instruidos] y evita toda acción que pueda escandalizar.
94) No da ninguna orden [haciendo señas] con un dedo; sino que, lleno de deferencia, incluso para indicar el camino, se sirve de toda la mano derecha.
95) No llama a nadie agitando los brazos, — salvo en caso de extrema urgencia; por ejemplo, da palmadas; de otro modo [y con una actitud poco recogida], quebrantaría su regla.
96) Se acuesta como el Buddha en el lecho del nirvana: [con la cabeza orientada hacia el Norte y apoyada sobre el brazo derecho, los pies uno sobre otro, el brazo izquierdo extendido sobre la pierna, bien envuelto en el hábito]; está atento; se levanta prontamente y sin demora, conforme a la regla estricta.
97) Innumerables son las prácticas de los bodhisattvas promulgadas [en nuestros libros]. Es absolutamente necesario observar la práctica de purificar el pensamiento [que resume todas las demás]:
98) Tres veces por la noche, tres veces por el día, [el bodhisattva] pone en movimiento [la confesión de los pecados, el regocijo por el mérito y la aplicación a la Bodhi, que son] los tres elementos [del Camino]: mediante esta [triple buena obra] y refugiándose en el pensamiento de Bodhi y en los Vencedores, borra los pecados que de otro modo no se borrarían.
99) En cualquier situación en que se encuentre, por obra propia o ajena, [el bodhisattva] se aplica con celo a las reglas que corresponden a su estado.
100) Pues no hay nada que el hijo del Vencedor no deba aprender y practicar [para realizar la felicidad de todos los seres]; no hay nada que no sea meritorio si actúa así.
101) Todo lo que hace el bodhisattva redunda en el interés mediato o inmediato de las criaturas; y es en interés de las criaturas que aplica a la adquisición de la Bodhi [el mérito de] todas sus acciones.
102) Nunca abandona, ni siquiera a costa de su vida, a un amigo espiritual dedicado a la práctica de los bodhisattvas e instruido en las doctrinas del Gran Vehículo.
103) Hay que aprender, en el Grïsambhavavimoksa, cómo debe uno comportarse con los gurus; y, [en general], instruirse, mediante la lectura de los sûtras, en las reglas que hemos recordado aquí y en todas las demás reglas enseñadas por el Buda.
103) Las reglas de los bodhisattvas se enseñan en los sûtras del Gran Vehículo: por eso hay que leer los sûtras, y en particular el Akâçagarbhasûtra sobre las faltas graves.
105) Es necesario leer y releer nuestro Çiksâsamuccaya, pues allí se explica en detalle la práctica de los bodhisattvas;
106) o bien nuestro Sûtrasamuccaya, que es un compendio,
así como las obras del mismo nombre compuestas por Nâgârjuna.
107) En esas obras, el bodhisattva verá qué debe evitar y qué debe hacer. Conociendo la regla, podrá proteger la mente de los seres.
108) En pocas palabras, la vigilancia consiste en examinar minuciosa y continuamente el estado del cuerpo y de la mente.
109) Leeré la ley con el corazón y con el cuerpo: ¿de qué sirve leerla solo con los labios? ¿De qué le sirve al enfermo leer tratados de medicina?

Fuente Shântideva, Bodhicaryâvatâra, trad. L. de La Vallée-Poussin (1907), archive.org (OCR corrigé) — traducción I Choose Peace desde el francés · Índice