EL GRAN REY DE LA GLORIA
Todas las cosas compuestas son impermanentes.
El Maestro contó esto, mientras yacía en su lecho de muerte, acerca de estas palabras del Thera Ânanda, cuando dijo: «No muera en esta pequeña ciudad, ¡oh, Bienaventurado!», y así sucesivamente.
Cuando el Tathâgata se encontraba en Jetavana, pensó: «El Thera Sâriputta, nacido en Nâlagâma, murió en ese mismo pueblo, el día de la luna llena del mes de Kattika; y Mahâ Moggallâna, en el segundo pueblo, durante la mitad oscura de ese mismo mes. Puesto que mis dos discípulos principales han muerto así, yo también pasaré más allá en Kusinâra». Entonces se dirigió directamente a ese lugar y se tendió en la cama Uttara-sisaka, entre los dos árboles Sâla gemelos, para no volver a levantarse jamás.
Todas las cosas compuestas son impermanentes.
El Maestro contó esto, mientras yacía en su lecho de muerte, acerca de estas palabras del Thera Ânanda, cuando dijo: «No muera en esta pequeña ciudad, ¡oh, Bienaventurado!», y así sucesivamente.
Cuando el Tathâgata se encontraba en Jetavana, pensó: «El Thera Sâriputta, nacido en Nâlagâma, murió en ese mismo pueblo, el día de la luna llena del mes de Kattika; y Mahâ Moggallâna, en el segundo pueblo, durante la mitad oscura de ese mismo mes. Puesto que mis dos discípulos principales han muerto así, yo también pasaré más allá en Kusinâra». Entonces se dirigió directamente a ese lugar y se tendió en la cama Uttara-sisaka, entre los dos árboles Sâla gemelos, para no volver a levantarse jamás.
Entonces el venerable Ânanda le suplicó, diciendo: «Que el Bienaventurado no muera en esta pequeña aldea, en esta pequeña ciudad de la selva, en esta aldea secundaria. Que el Bienaventurado muera en una de las otras grandes ciudades, como Râjagaha y las demás».
Pero el Maestro respondió: «No digas, Ânanda, que es una pequeña aldea, una pequeña ciudad de la selva, una aldea secundaria. Yo viví antaño en esta ciudad, cuando era Sudassana, el rey de reyes; entonces era una gran ciudad, rodeada por una muralla adornada con joyas, de doce leguas de largo».
Y, a petición del Thera, contó la historia y recitó el Mahâ-Sudassana Sutta.
En aquella ocasión, cuando la reina Subhadda vio a Mahâ Sudassana, después de que este hubiera bajado del Palacio de Justicia y se hubiera tendido no muy lejos de allí, sobre el lecho preparado para él en el bosquecillo de las siete clases de joyas, le dijo: «Tuyas son, oh rey, estas ochenta y cuatro mil ciudades, cuya principal es la ciudad real de Kusâvatî. Reaviva tu deseo por ellas».
Pero el Maestro respondió: «No digas, Ânanda, que es una pequeña aldea, una pequeña ciudad de la selva, una aldea secundaria. Yo viví antaño en esta ciudad, cuando era Sudassana, el rey de reyes; entonces era una gran ciudad, rodeada por una muralla adornada con joyas, de doce leguas de largo».
Y, a petición del Thera, contó la historia y recitó el Mahâ-Sudassana Sutta.
En aquella ocasión, cuando la reina Subhadda vio a Mahâ Sudassana, después de que este hubiera bajado del Palacio de Justicia y se hubiera tendido no muy lejos de allí, sobre el lecho preparado para él en el bosquecillo de las siete clases de joyas, le dijo: «Tuyas son, oh rey, estas ochenta y cuatro mil ciudades, cuya principal es la ciudad real de Kusâvatî. Reaviva tu deseo por ellas».
Mahâ Sudassana respondió entonces: «¡No hables así, oh reina! Exhórtame más bien diciendo: “Renuncia a todo deseo por estas cosas, no las lamentes”».
Y cuando ella le preguntó: «¿Por qué, entonces, oh rey?», él respondió: «Mi hora ha llegado hoy, y voy a morir».
Entonces la reina, llorando y secándose los ojos, se esforzó, no sin dificultad ni angustia, por dirigirse a él como él se lo había pedido. Luego, después de hablar, lloró y se lamentó; las otras ochenta y cuatro mil mujeres también lloraron y se lamentaron, y ninguno de los cortesanos presentes pudo contenerse: todos lloraron igualmente.
Pero el Bodisat los detuvo a todos, diciendo: «¡Basta, amigos! ¡Silencio!». Luego exhortó a la reina: «No llores, oh reina, ni te lamentes. Pues no hay nada, ni siquiera un grano de sésamo, que sea compuesto y permanente. ¡Todo es transitorio, todo lleva en sí la cualidad de la disolución!».
Y cuando ella le preguntó: «¿Por qué, entonces, oh rey?», él respondió: «Mi hora ha llegado hoy, y voy a morir».
Entonces la reina, llorando y secándose los ojos, se esforzó, no sin dificultad ni angustia, por dirigirse a él como él se lo había pedido. Luego, después de hablar, lloró y se lamentó; las otras ochenta y cuatro mil mujeres también lloraron y se lamentaron, y ninguno de los cortesanos presentes pudo contenerse: todos lloraron igualmente.
Pero el Bodisat los detuvo a todos, diciendo: «¡Basta, amigos! ¡Silencio!». Luego exhortó a la reina: «No llores, oh reina, ni te lamentes. Pues no hay nada, ni siquiera un grano de sésamo, que sea compuesto y permanente. ¡Todo es transitorio, todo lleva en sí la cualidad de la disolución!».
Y, después de hablar así, pronunció también esta estrofa:
«¡Como todas las cosas compuestas son efímeras!
Su naturaleza es crecer y declinar:
Nacen y luego vuelven a disolverse:
Y lo mejor, entonces, es haber alcanzado la paz!»
[En estos versos, las palabras «¡Como todas las cosas compuestas son efímeras!» significan: «Querida señora Subhadda, en cualquier lugar y por cualquier causa que los compuestos se formen o se ensamblen —es decir, todas las cosas que poseen los elementos constitutivos esenciales (materiales o mentales) de las cosas existentes—, todos esos compuestos son la impermanencia misma. Pues, entre ellos, la forma es impermanente, la razón es impermanente, el ojo (mental) es impermanente y las cualidades son impermanentes. Y cualquier tesoro, consciente o inconsciente, es transitorio. Comprende, pues: “¡Como todas las cosas compuestas son efímeras!”]
«¡Como todas las cosas compuestas son efímeras!
Su naturaleza es crecer y declinar:
Nacen y luego vuelven a disolverse:
Y lo mejor, entonces, es haber alcanzado la paz!»
[En estos versos, las palabras «¡Como todas las cosas compuestas son efímeras!» significan: «Querida señora Subhadda, en cualquier lugar y por cualquier causa que los compuestos se formen o se ensamblen —es decir, todas las cosas que poseen los elementos constitutivos esenciales (materiales o mentales) de las cosas existentes—, todos esos compuestos son la impermanencia misma. Pues, entre ellos, la forma es impermanente, la razón es impermanente, el ojo (mental) es impermanente y las cualidades son impermanentes. Y cualquier tesoro, consciente o inconsciente, es transitorio. Comprende, pues: “¡Como todas las cosas compuestas son efímeras!”]
«¿Y por qué? “Su naturaleza es crecer y declinar”. Todas estas cosas tienen en sí mismas la cualidad de llegar a existir (individualmente) y también la de envejecer; es decir, su propia naturaleza es llegar a existir y ser destruidas. Por lo tanto, hay que comprender que son impermanentes.
«Y puesto que son impermanentes, “cuando se producen, vuelven a disolverse”. Una vez que han llegado a existir y han alcanzado un estado, sin duda se disuelven. Pues todas estas cosas llegan a existir adoptando una forma individual y luego se disuelven al ser destruidas. En cuanto a ellas, en cuanto hay nacimiento, hay lo que se llama un estado; en cuanto hay un estado, hay lo que se llama»
«Y puesto que son impermanentes, “cuando se producen, vuelven a disolverse”. Una vez que han llegado a existir y han alcanzado un estado, sin duda se disuelven. Pues todas estas cosas llegan a existir adoptando una forma individual y luego se disuelven al ser destruidas. En cuanto a ellas, en cuanto hay nacimiento, hay lo que se llama un estado; en cuanto hay un estado, hay lo que se llama»
desintegración. Pues lo que no ha nacido no puede ser un estado, y no puede existir ningún estado a salvo de la desintegración. Así, todos los compuestos, al haber alcanzado las tres características distintivas (de la impermanencia, del dolor y de la ausencia de todo principio permanente), están sujetos, de esta manera y de aquella, a la disolución. Por tanto, todas estas cosas compuestas son, sin excepción, impermanentes, efímeras, despreciables, inestables, en vías de desintegración, temblorosas, vacilantes, pasajeras, destinadas a desaparecer, de duración limitada y sin sustancia; ¡tan transitorias como un fantasma, un espejismo o la espuma!
«¿Cómo podría, pues, querida dama Subhadda, haber en ellas una señal de bienestar? Comprenda más bien que “el mejor momento es aquel en que han quedado sumidas en el reposo”; pero su reposo, su cesación, procede de la cesación del ciclo entero (de la vida), y es una sola cosa con el Nirvâna. Esto y aquello son una sola cosa. Por tanto, no existe nada semejante al bienestar.»
«¿Cómo podría, pues, querida dama Subhadda, haber en ellas una señal de bienestar? Comprenda más bien que “el mejor momento es aquel en que han quedado sumidas en el reposo”; pero su reposo, su cesación, procede de la cesación del ciclo entero (de la vida), y es una sola cosa con el Nirvâna. Esto y aquello son una sola cosa. Por tanto, no existe nada semejante al bienestar.»
Y cuando Mahâ Sudassana hubo llevado así su discurso hasta su conclusión, hasta el gran Nirvâna, néctar de inmortalidad, exhortó también al resto de la gran multitud, diciendo: «¡Hagan donaciones! ¡Observen los preceptos! ¡Respeten los días sagrados!» y se convirtió en heredero del mundo de los dioses.
[Cuando el Maestro hubo terminado esta lección sobre la verdad, resumió el Jâtaka diciendo: «La que entonces era Subhaddâ, la reina, era la madre de Râhula; el gran consejero era Râhula; el resto del séquito era el séquito del Buddha; y yo mismo era Mahâ Sudassana.»]
[Cuando el Maestro hubo terminado esta lección sobre la verdad, resumió el Jâtaka diciendo: «La que entonces era Subhaddâ, la reina, era la madre de Râhula; el gran consejero era Râhula; el resto del séquito era el séquito del Buddha; y yo mismo era Mahâ Sudassana.»]
La palabra traducida por «cosas compuestas» o «compuestos» en este Jâtaka es sankhâra, literalmente «confecciones», de kar, «hacer», y sam, «juntos». Es una palabra de uso muy frecuente en los escritos budistas y que, por consiguiente, reviste muchos significados diferentes; por supuesto, no existe ninguna palabra inglesa que le corresponda exactamente. «Producción» sería a menudo una traducción casi exacta, aunque no expresa en absoluto la fuerza de la preposición sam; pero lo que más se opone a este término es que suele emplearse no para cosas que han llegado a existir por sí mismas, sino para cosas producidas por otros. Sugiere, si no implica, la existencia de un productor, lo cual es contrario al espíritu mismo de los pasajes budistas en que aparece la palabra sankhâra. En este importante sentido, la palabra «compuesto» es una traducción mucho más exacta, aunque insiste un poco demasiado en sam.
La salvación budista se consideraba un cambio del corazón, una transformación del carácter personal, a la que había que llegar en este mundo y que constituía el tema del primer discurso de Gotama, «El fundamento del reino de la Justicia». Según el punto de vista adoptado, este estado mental recibía, en los numerosos pasajes en que se menciona o se evoca, una gran variedad de nombres o epítetos, que sugerían los diferentes ángulos desde los cuales podía considerarse. El término Nibbana, o Nirvâna, no es más que uno de esos epítetos; y es un hecho muy significativo, sobre el que quisiera llamar especialmente la atención, que este epíteto se emplee relativamente poco en los propios Pitakas pâlis. Lo importante es el estado mental en sí, la salvación a la que todo Arahat ha llegado en vida —en una palabra, el estado de Arahat—, más que esa connotación particular que sugiere la palabra Nirvâna.
Una de las muchas ideas asociadas al estado de Arahat era la disolución absoluta de la individualidad. Gotama consideraba —acertada o equivocadamente, aquí poco importa— que la liberación del dolor, el bienestar absoluto y la felicidad eran incompatibles con la existencia como individuo distinto (ya fuera animal, dios u hombre). La cesación de las Formaciones, lejos de ser algo que temer, era el resultado inevitable de la emancipación del corazón y de la mente en el estado de Arahat.
Pero no era algo que se debiera desear y, de hecho, no podía producirse independientemente de todas las demás cosas asociadas al estado de Arahat. La formación de estas Formaciones cesa en el Nirvâna, y solo en el Nirvâna; cuando el poeta declara que su cesación es bienaventurada, dice lo mismo que si hubiera dicho: «El Nirvâna es bienaventurado».
Pero no era algo que se debiera desear y, de hecho, no podía producirse independientemente de todas las demás cosas asociadas al estado de Arahat. La formación de estas Formaciones cesa en el Nirvâna, y solo en el Nirvâna; cuando el poeta declara que su cesación es bienaventurada, dice lo mismo que si hubiera dicho: «El Nirvâna es bienaventurado».
Al volver ahora al Sutta mismo, vemos que la parte de la leyenda omitida en el Jātaka ilumina el relato de una manera inesperada; pues el texto comienza con una larga descripción de las riquezas y la gloria de Mahā Sudassana, y revela, en sus detalles, este hecho instructivo: la leyenda no es otra cosa que un mito solar espiritualizado.
No se puede negar que la teoría del mito solar ha perdido mucha credibilidad, y con razón, porque se la ha empleado con demasiada ligereza y liberalidad para explicar leyendas religiosas de diversas épocas y países que, en realidad, no guardan ningún vínculo histórico con el temor y la veneración que antaño inspiraba el sol. La simple mención de las palabras «mito solar» basta a menudo para provocar una sonrisa de incredulidad, y la indudable verdad en que se funda la teoría no la ha protegido de las burlas. El «Libro del Gran Rey de Gloria» parece ofrecer un ejemplo útil, tanto de la medida en que puede aceptarse esta teoría como de los límites a los que siempre conviene someterla.
No se puede negar que la teoría del mito solar ha perdido mucha credibilidad, y con razón, porque se la ha empleado con demasiada ligereza y liberalidad para explicar leyendas religiosas de diversas épocas y países que, en realidad, no guardan ningún vínculo histórico con el temor y la veneración que antaño inspiraba el sol. La simple mención de las palabras «mito solar» basta a menudo para provocar una sonrisa de incredulidad, y la indudable verdad en que se funda la teoría no la ha protegido de las burlas. El «Libro del Gran Rey de Gloria» parece ofrecer un ejemplo útil, tanto de la medida en que puede aceptarse esta teoría como de los límites a los que siempre conviene someterla.
Debe admitirse desde el principio que, tanto si todo el relato está basado en una historia solar como si algunos de sus elementos o detalles proceden de cosas que primero se contaron acerca del sol, o no, sigue siendo esencialmente budista. Gran parte de su contenido no tiene absolutamente nada que ver con el culto al sol; e incluso los elementos relacionados con él no tenían ese significado para el autor cuando se compuso el libro. Tanto si debe algo a un mito solar como si no, constituye, por tanto, un testimonio perfectamente exacto y válido de las creencias religiosas del pueblo entre el que circulaba; y no demuestra que los budistas fueran adoradores inconscientes del sol, como tampoco el relato de Sansón, cualquiera que sea la teoría que se adopte acerca de su posible origen, probaría lo mismo de los judíos.
Lo que realmente tenemos es una especie de maravilloso cuento de hadas, un espléndido poema en el que se intenta describir, con términos consagrados, la mayor gloria y majestad que un rey puede poseer, para mostrar que todo es vanidad, salvo la rectitud: un poema como el que un profeta judío podría haber escrito acerca de Salomón en toda su gloria. Habría sido muy extraño, quizá imposible, que el autor se abstuviera de emplear el lenguaje de los únicos poetas que conocía, quienes habían utilizado un lenguaje audazmente figurado para intentar describir la apariencia del sol.
EL GRAN REY DE GLORIA
Así he oído. En cierta ocasión, el Bienaventurado residía en Kusinārā, en el Upavattana de los Mallas, entre los dos árboles sāla gemelos, en el momento de su fallecimiento. Y el Bienaventurado se dirigió a los hermanos y dijo: «Miren ahora, hermanos, los exhorto: todas las cosas compuestas están sujetas a la descomposición. Esfuércense con ardor». Estas fueron las últimas palabras del Tathâgata.
EL GRAN REY DE GLORIA
Así he oído. En cierta ocasión, el Bienaventurado residía en Kusinārā, en el Upavattana de los Mallas, entre los dos árboles sāla gemelos, en el momento de su fallecimiento. Y el Bienaventurado se dirigió a los hermanos y dijo: «Miren ahora, hermanos, los exhorto: todas las cosas compuestas están sujetas a la descomposición. Esfuércense con ardor». Estas fueron las últimas palabras del Tathâgata.
Entonces el Bienaventurado, habiendo entrado en el primer Jhâna, pasó de allí al segundo; habiendo entrado en el segundo Jhâna, pasó de allí al tercero; habiendo entrado en el tercer Jhâna, pasó de allí al cuarto; habiendo entrado en el cuarto Jhâna, pasó de allí a la esfera de la infinitud del espacio; habiendo entrado en la esfera de la infinitud del espacio, pasó de allí a la esfera de la infinitud de la conciencia; habiendo entrado en la esfera de la infinitud de la conciencia, pasó de allí a la esfera de la nada; habiendo entrado en la esfera de la nada, pasó de allí a la esfera ni de percepción ni de no percepción; habiendo entrado en la esfera ni de percepción ni de no percepción, pasó de allí a la cesación de la percepción y de la sensación.
Entonces el venerable Ānanda dijo al venerable Anuruddha: «Señor, el Bienaventurado ha pasado al más allá».
«No, hermano Ānanda. El Bienaventurado no ha pasado al más allá; ha entrado en la cesación de la percepción y la sensación».
«No, hermano Ānanda. El Bienaventurado no ha pasado al más allá; ha entrado en la cesación de la percepción y la sensación».
Entonces el Bienaventurado, habiendo salido de la cesación de la percepción y la sensación, entró en la esfera ni de la percepción ni de la no percepción; y, habiendo entrado en la esfera ni de la percepción ni de la no percepción, pasó de allí a la esfera de la nada; y, habiendo entrado en la esfera de la nada, pasó de allí a la esfera de la infinitud de la conciencia; y, habiendo entrado en la esfera de la infinitud de la conciencia, pasó de allí a la esfera de la infinitud del espacio; y, habiendo entrado en la esfera de la infinitud del espacio, pasó de allí al cuarto Jhāna; y, habiendo entrado en el cuarto Jhāna, pasó de allí al tercero; y, habiendo entrado en el tercero, pasó de allí al segundo; y, habiendo entrado en el segundo, pasó de allí al primer Jhāna; y, habiendo salido del primer Jhāna, entró en el segundo; y, habiendo salido del segundo Jhāna, entró en el tercero; y, habiendo salido del tercero, entró en el cuarto Jhāna; y, habiendo salido del cuarto Jhāna, el Bienaventurado se extinguió de inmediato.
Cuando el Bienaventurado hubo pasado, en el momento de su desaparición se produjo un poderoso terremoto, terrible y prodigioso, y el trueno retumbó en los cielos.
Cuando el Bienaventurado hubo pasado, Brahmā Sahampati pronunció esta estrofa:
«Todos los seres del mundo deben dejar su cuerpo.
El Maestro, sin igual en el mundo,
El Ser poderoso, el Buddha,
El Señor, el Tathāgata, ha pasado».
Cuando el Bienaventurado hubo pasado, Sakka, rey de los dioses, pronunció esta estrofa:
«Todas las cosas compuestas son impermanentes;
Su naturaleza es surgir y pasar;
Habiendo surgido, cesan;
Su apaciguamiento es felicidad».
Cuando el Bienaventurado hubo pasado, el venerable Anuruddha pronunció esta estrofa:
«En Él no había ni inspiración ni expiración,
Él, cuya mente era así de firme.
Sin deseo, en paz, el Sabio ha pasado.
Con mente inquebrantable, soportó el dolor.
Como una llama apagada por la fuerza del viento,
Así fue liberada la mente del Sabio».
Cuando el Bienaventurado hubo pasado, Brahmā Sahampati pronunció esta estrofa:
«Todos los seres del mundo deben dejar su cuerpo.
El Maestro, sin igual en el mundo,
El Ser poderoso, el Buddha,
El Señor, el Tathāgata, ha pasado».
Cuando el Bienaventurado hubo pasado, Sakka, rey de los dioses, pronunció esta estrofa:
«Todas las cosas compuestas son impermanentes;
Su naturaleza es surgir y pasar;
Habiendo surgido, cesan;
Su apaciguamiento es felicidad».
Cuando el Bienaventurado hubo pasado, el venerable Anuruddha pronunció esta estrofa:
«En Él no había ni inspiración ni expiración,
Él, cuya mente era así de firme.
Sin deseo, en paz, el Sabio ha pasado.
Con mente inquebrantable, soportó el dolor.
Como una llama apagada por la fuerza del viento,
Así fue liberada la mente del Sabio».
Cuando el Bienaventurado hubo desaparecido, el venerable Ānanda pronunció esta estrofa:
«Entonces hubo espanto, entonces se erizaron los cabellos,
cuando el Buddha, aquel que todo lo había realizado, desapareció».
Cuando el Bienaventurado hubo desaparecido, algunos hermanos, con los brazos en alto, cayeron al suelo, revolcándose y lamentándose: «¡El Bienaventurado ha desaparecido demasiado pronto! ¡El Bienaventurado, el Bienaventurado, ha desaparecido demasiado pronto! ¡El Ojo del mundo ha desaparecido demasiado pronto!». Pero los hermanos libres de pasión soportaron su dolor, atentos y dueños de sí mismos, diciendo: «Impermanentes son todas las cosas compuestas. ¿Cómo podría ser de otro modo?».
«Entonces hubo espanto, entonces se erizaron los cabellos,
cuando el Buddha, aquel que todo lo había realizado, desapareció».
Cuando el Bienaventurado hubo desaparecido, algunos hermanos, con los brazos en alto, cayeron al suelo, revolcándose y lamentándose: «¡El Bienaventurado ha desaparecido demasiado pronto! ¡El Bienaventurado, el Bienaventurado, ha desaparecido demasiado pronto! ¡El Ojo del mundo ha desaparecido demasiado pronto!». Pero los hermanos libres de pasión soportaron su dolor, atentos y dueños de sí mismos, diciendo: «Impermanentes son todas las cosas compuestas. ¿Cómo podría ser de otro modo?».
Entonces el venerable Anuruddha se dirigió a los hermanos y dijo: «¡Basta, hermanos! No se aflijan, no se lamenten. ¿No ha declarado ya el Bienaventurado que es propio de todas las cosas que nos son queridas y agradables que debamos separarnos de ellas, dejarlas y desprendernos de ellas? ¿Cómo sería posible, hermanos, que todo lo que ha nacido, ha llegado a ser y está compuesto no desapareciera? Eso no puede ser. Pero quienes han abandonado la vida del hogar y renunciado al mundo no tienen más que una esperanza: quedar libres de este cuerpo».
Entonces el venerable Anuruddha y el venerable Ānanda pasaron el resto de la noche conversando sobre asuntos religiosos. Al amanecer, el venerable Anuruddha dijo al venerable Ānanda: «Ve ahora, hermano Ānanda, a Kusinārā y di a los Mallas: “El Bienaventurado ha pasado al más allá. Hagan con Él lo que consideren oportuno”».
Entonces el venerable Anuruddha y el venerable Ānanda pasaron el resto de la noche conversando sobre asuntos religiosos. Al amanecer, el venerable Anuruddha dijo al venerable Ānanda: «Ve ahora, hermano Ānanda, a Kusinārā y di a los Mallas: “El Bienaventurado ha pasado al más allá. Hagan con Él lo que consideren oportuno”».
« Muy bien, señor», dijo el venerable Ānanda. Luego, al vestirse temprano por la mañana, se dirigió a Kusinārā con su cuenco y su túnica, acompañado de otro hermano.
En aquella época, los Mallas de Kusinārā estaban reunidos en su sala del consejo para tratar ciertos asuntos. El venerable Ānanda se dirigió a la sala del consejo de los Mallas de Kusinārā y les dijo: «El Bienaventurado ha pasado al más allá. Hagan con Él lo que les parezca bien».
Cuando se enteraron, los Mallas, con sus hijos y sus esposas, quedaron de duelo, abrumados por la tristeza y el dolor; algunos de ellos, con los brazos en alto, cayeron al suelo y se revolcaron por tierra lamentándose: «¡El Bienaventurado ha pasado al más allá demasiado pronto! ¡El Bienaventurado ha pasado al más allá demasiado pronto! ¡El Ojo del mundo ha pasado al más allá demasiado pronto!».
En aquella época, los Mallas de Kusinārā estaban reunidos en su sala del consejo para tratar ciertos asuntos. El venerable Ānanda se dirigió a la sala del consejo de los Mallas de Kusinārā y les dijo: «El Bienaventurado ha pasado al más allá. Hagan con Él lo que les parezca bien».
Cuando se enteraron, los Mallas, con sus hijos y sus esposas, quedaron de duelo, abrumados por la tristeza y el dolor; algunos de ellos, con los brazos en alto, cayeron al suelo y se revolcaron por tierra lamentándose: «¡El Bienaventurado ha pasado al más allá demasiado pronto! ¡El Bienaventurado ha pasado al más allá demasiado pronto! ¡El Ojo del mundo ha pasado al más allá demasiado pronto!».
Entonces los Mallas dieron órdenes a sus servidores en estos términos: «Reúnan perfumes y guirnaldas, así como a todos los músicos de Kusinārā». Los Mallas de Kusinārā, llevando los perfumes y las guirnaldas, a todos los músicos y quinientos pares de prendas, se dirigieron al Upavattana, en el bosque de sāla de los Mallas, donde yacía el cuerpo del Bienaventurado. Rindieron homenaje al cuerpo del Bienaventurado con danzas, cantos y música, así como con guirnaldas y perfumes; levantaron pabellones y tiendas, y pasaron el día en recogimiento.
Entonces los Mallas dijeron al venerable Ānanda: «Señor, ¿cómo debemos tratar el cuerpo del Tathāgata?»
«Del mismo modo, Vāsetthas, que se trata el cuerpo de un monarca universal, deben tratar el cuerpo del Tathāgata».
Entonces los Mallas dijeron al venerable Ānanda: «Señor, ¿cómo debemos tratar el cuerpo del Tathāgata?»
«Del mismo modo, Vāsetthas, que se trata el cuerpo de un monarca universal, deben tratar el cuerpo del Tathāgata».
«¿Y cómo se trata el cuerpo de un monarca universal, señor?»
«El cuerpo de un monarca universal, Vāsetthas, se envuelve en una tela nueva; una vez envuelto así, se envuelve en algodón; luego, una vez envuelto en algodón, se envuelve en una tela nueva; y así, con quinientas capas de tela y quinientas capas de algodón, se envuelve el cuerpo de un monarca universal. Después, se lo coloca en un recipiente de hierro lleno de aceite, que se cubre con otro recipiente de hierro; luego se lo quema con toda clase de perfumes. Después, se construye un stūpa para el monarca universal en el cruce de cuatro caminos. Así, Vāsetthas, es como se trata el cuerpo de un monarca universal.»
«El cuerpo de un monarca universal, Vāsetthas, se envuelve en una tela nueva; una vez envuelto así, se envuelve en algodón; luego, una vez envuelto en algodón, se envuelve en una tela nueva; y así, con quinientas capas de tela y quinientas capas de algodón, se envuelve el cuerpo de un monarca universal. Después, se lo coloca en un recipiente de hierro lleno de aceite, que se cubre con otro recipiente de hierro; luego se lo quema con toda clase de perfumes. Después, se construye un stūpa para el monarca universal en el cruce de cuatro caminos. Así, Vāsetthas, es como se trata el cuerpo de un monarca universal.»
« Y así como se trata el cuerpo de un monarca universal, así debe tratarse el cuerpo del Tathâgata. Y debe erigirse un stūpa para el Tathâgata en el cruce de cuatro caminos. Y quienquiera que allí ofrezca una guirnalda o un perfume, deposite pigmentos, se postre o experimente una serena alegría, obtendrá de ello beneficio y felicidad durante mucho tiempo.»
Entonces los Mallas dieron órdenes a sus servidores en estos términos: «Envuelvan el cuerpo del Bienaventurado en algodón y luego en una tela nueva; y así sucesivamente, alternando quinientas capas de tela y quinientas capas de algodón». E hicieron lo que se les había ordenado.
Entonces los Mallas dieron órdenes a sus servidores en estos términos: «Envuelvan el cuerpo del Bienaventurado en algodón y luego en una tela nueva; y así sucesivamente, alternando quinientas capas de tela y quinientas capas de algodón». E hicieron lo que se les había ordenado.
Y cuando el cuerpo del Bienaventurado fue envuelto de esta manera y colocado en un recipiente de hierro lleno de aceite, y luego se puso encima otro recipiente de hierro, los Mallas lo llevaron al santuario de los Mallas y allí lo depositaron.
En aquella época, el venerable Mahā Kassapa viajaba por la gran carretera de Pāvā a Kusinārā, acompañado de una gran asamblea de quinientos hermanos. El venerable Mahā Kassapa vio a cierto Ājīvaka que venía de Kusinārā y llevaba una flor de Mandārava. Al verlo, le dijo: «Amigo, ¿conoces a nuestro Maestro?»
«Sí, amigo, lo conozco. El renunciante Gotama murió hoy mismo, hace siete días. Y esta flor de Mandārava la tomé de su pira funeraria».
En aquella época, el venerable Mahā Kassapa viajaba por la gran carretera de Pāvā a Kusinārā, acompañado de una gran asamblea de quinientos hermanos. El venerable Mahā Kassapa vio a cierto Ājīvaka que venía de Kusinārā y llevaba una flor de Mandārava. Al verlo, le dijo: «Amigo, ¿conoces a nuestro Maestro?»
«Sí, amigo, lo conozco. El renunciante Gotama murió hoy mismo, hace siete días. Y esta flor de Mandārava la tomé de su pira funeraria».
Entonces, entre los hermanos, aquellos que aún no estaban liberados de la pasión extendieron los brazos y, cayendo al suelo, se revolcaron por tierra lamentándose: «¡Demasiado pronto se ha ido el Bienaventurado! ¡Demasiado pronto se ha ido el Bien Ido! ¡Demasiado pronto se ha ido el Ojo del mundo!». Pero aquellos hermanos que estaban liberados de la pasión soportaron su pesar, atentos y dueños de sí mismos, diciendo: «Todas las cosas compuestas son impermanentes. ¿Cómo podría ser de otro modo?».
En aquel momento, cierto hermano llamado Subhadda, que había abandonado la vida laica en su vejez, estaba sentado entre ellos. Y dijo a los hermanos: «¡Basta, amigos! No se aflijan, no se lamenten. Ya nos hemos librado del Gran Asceta. Sus palabras nos importunaban constantemente: “Esto les está permitido; esto no les está permitido”. Pero ahora podremos hacer lo que queramos y no hacer lo que no queramos».
En aquel momento, cierto hermano llamado Subhadda, que había abandonado la vida laica en su vejez, estaba sentado entre ellos. Y dijo a los hermanos: «¡Basta, amigos! No se aflijan, no se lamenten. Ya nos hemos librado del Gran Asceta. Sus palabras nos importunaban constantemente: “Esto les está permitido; esto no les está permitido”. Pero ahora podremos hacer lo que queramos y no hacer lo que no queramos».
Entonces el venerable Mahā Kassapa se dirigió a los hermanos y les dijo: «¡Basta, hermanos! No os aflijáis, no os lamentéis. ¿Acaso el Bienaventurado no ha declarado ya que todo lo que nos es querido y agradable está sujeto a esta ley: debemos separarnos de ello, dejarlo, desprendernos de ello? ¿Cómo, entonces, hermanos, sería posible que todo lo que nace, llega a existir y está compuesto no desapareciera? Eso es imposible».
Y el venerable Mahā Kassapa dijo a los hermanos: «Vamos, hermanos, al santuario de los Mallas, donde reposa el cuerpo del Bienaventurado».
Y los hermanos respondieron: «Muy bien, señor».
Entonces el venerable Mahā Kassapa, acompañado de quinientos hermanos, fue al santuario de los Mallas, donde reposaba el cuerpo del Bienaventurado. Al acercarse, acomodó su túnica sobre un hombro y, con las manos juntas, dio tres vueltas alrededor del cuerpo del Bienaventurado y le rindió homenaje; los quinientos hermanos hicieron lo mismo.
Y el venerable Mahā Kassapa dijo a los hermanos: «Vamos, hermanos, al santuario de los Mallas, donde reposa el cuerpo del Bienaventurado».
Y los hermanos respondieron: «Muy bien, señor».
Entonces el venerable Mahā Kassapa, acompañado de quinientos hermanos, fue al santuario de los Mallas, donde reposaba el cuerpo del Bienaventurado. Al acercarse, acomodó su túnica sobre un hombro y, con las manos juntas, dio tres vueltas alrededor del cuerpo del Bienaventurado y le rindió homenaje; los quinientos hermanos hicieron lo mismo.
En ese entonces, los Mallas de Kusinārā habían reunido perfumes y guirnaldas, así como a todos los músicos de Kusinārā; y habían construido una pira funeraria con toda clase de perfumes. Los Mallas de Kusinārā, deseosos de prenderle fuego, no lo conseguían.
Entonces los Mallas de Kusinārā dijeron al venerable Anuruddha: «¿Cuál es la razón, señor? ¿Cuál es la causa? Los Mallas de Kusinārā desean prender fuego a la pira, pero no lo consiguen».
«Los dioses, Vāsetthas, tienen otros designios».
«¿Cuál es, pues, señor, el designio de los dioses?»
«El designio de los dioses, Vāsetthas, es el siguiente: “El venerable Mahā Kassapa viaja por la carretera de Pāvā a Kusinārā, acompañado de una gran asamblea de quinientos hermanos. Mientras el venerable Mahā Kassapa no haya rendido homenaje al cuerpo del Bienaventurado, no se prenderá fuego a la pira funeraria del Bienaventurado”».
Entonces los Mallas de Kusinārā dijeron al venerable Anuruddha: «¿Cuál es la razón, señor? ¿Cuál es la causa? Los Mallas de Kusinārā desean prender fuego a la pira, pero no lo consiguen».
«Los dioses, Vāsetthas, tienen otros designios».
«¿Cuál es, pues, señor, el designio de los dioses?»
«El designio de los dioses, Vāsetthas, es el siguiente: “El venerable Mahā Kassapa viaja por la carretera de Pāvā a Kusinārā, acompañado de una gran asamblea de quinientos hermanos. Mientras el venerable Mahā Kassapa no haya rendido homenaje al cuerpo del Bienaventurado, no se prenderá fuego a la pira funeraria del Bienaventurado”».
Entonces el venerable Mahā Kassapa se acercó a la pira funeraria, se echó la túnica sobre un hombro y, con las manos juntas, dio tres vueltas alrededor del cuerpo del Bienaventurado y le rindió homenaje; los quinientos hermanos hicieron lo mismo. Y cuando el venerable Mahā Kassapa hubo rendido homenaje al cuerpo del Bienaventurado, la pira funeraria del Bienaventurado se encendió por sí sola.
Y cuando el cuerpo del Bienaventurado hubo sido incinerado, y la piel, la carne, los tendones y las articulaciones hubieron desaparecido por completo, no se vieron cenizas ni hollín; solo quedaron los huesos. Así como cuando se quema mantequilla o aceite no se ven cenizas ni hollín, así ocurrió con el cuerpo del Bienaventurado. De las quinientas capas de tela, solo quedaron dos: la más interior y la más exterior.
Y cuando el cuerpo del Bienaventurado hubo sido incinerado, y la piel, la carne, los tendones y las articulaciones hubieron desaparecido por completo, no se vieron cenizas ni hollín; solo quedaron los huesos. Así como cuando se quema mantequilla o aceite no se ven cenizas ni hollín, así ocurrió con el cuerpo del Bienaventurado. De las quinientas capas de tela, solo quedaron dos: la más interior y la más exterior.
Entonces los Mallas de Kusinārā, tras recoger los huesos del Bienaventurado, los depositaron en su sala de reuniones y los rodearon con una celosía y una valla; durante siete días les rindieron homenaje con danzas, cantos y música, así como con guirnaldas y perfumes.
En aquella época, el rey de Magadha, Ajātasattu, hijo de la reina de Videha, supo que el Bienaventurado había fallecido en Kusinārā. Envió un mensajero a los Mallas de Kusinārā, diciendo: «El Bienaventurado era un guerrero, y yo soy un guerrero. Soy digno de recibir una parte de las reliquias del Bienaventurado. Erigiré un stūpa sobre ellas y celebraré una fiesta en su honor».
En aquella época, el rey de Magadha, Ajātasattu, hijo de la reina de Videha, supo que el Bienaventurado había fallecido en Kusinārā. Envió un mensajero a los Mallas de Kusinārā, diciendo: «El Bienaventurado era un guerrero, y yo soy un guerrero. Soy digno de recibir una parte de las reliquias del Bienaventurado. Erigiré un stūpa sobre ellas y celebraré una fiesta en su honor».
Los Licchavis de Vesālī supieron que el Bienaventurado había fallecido en Kusinārā, y enviaron un mensajero a los Mallas de Kusinārā, diciendo: «El Bienaventurado era un guerrero, y nosotros somos guerreros. Somos dignos de recibir una parte de las reliquias del Bienaventurado. Construiremos un stūpa sobre ellas y celebraremos una fiesta en su honor».
Los Sakyas de Kapilavatthu supieron que el Bienaventurado había fallecido en Kusinārā, y enviaron un mensajero a los Mallas de Kusinārā, diciendo: «El Bienaventurado era un guerrero, y nosotros somos guerreros. Somos dignos de recibir una parte de las reliquias del Bienaventurado. Construiremos un stūpa sobre ellas y celebraremos una fiesta en su honor».
Los Sakyas de Kapilavatthu supieron que el Bienaventurado había fallecido en Kusinārā, y enviaron un mensajero a los Mallas de Kusinārā, diciendo: «El Bienaventurado era un guerrero, y nosotros somos guerreros. Somos dignos de recibir una parte de las reliquias del Bienaventurado. Construiremos un stūpa sobre ellas y celebraremos una fiesta en su honor».
Los Bulis de Allakappa supieron que el Bienaventurado había muerto en Kusinārā y enviaron un mensajero a los Mallas de Kusinārā, diciendo: «El Bienaventurado era un guerrero, y nosotros somos guerreros. Somos dignos de recibir una parte de las reliquias del Bienaventurado. Construiremos un stūpa sobre ellas y celebraremos una fiesta en su honor».
Los Koliyas de Rāmagāma supieron que el Bienaventurado había muerto en Kusinārā y enviaron un mensajero a los Mallas de Kusinārā, diciendo: «El Bienaventurado era un guerrero, y nosotros somos guerreros. Somos dignos de recibir una parte de las reliquias del Bienaventurado. Construiremos un stūpa sobre ellas y celebraremos una fiesta en su honor».
Los Koliyas de Rāmagāma supieron que el Bienaventurado había muerto en Kusinārā y enviaron un mensajero a los Mallas de Kusinārā, diciendo: «El Bienaventurado era un guerrero, y nosotros somos guerreros. Somos dignos de recibir una parte de las reliquias del Bienaventurado. Construiremos un stūpa sobre ellas y celebraremos una fiesta en su honor».
El brahmán de Vethadīpa se enteró de que el Bienaventurado había muerto en Kusinārā, y envió un mensajero a los Mallas de Kusinārā, diciendo: «El Bienaventurado era un guerrero, y yo soy un brahmán. Soy digno de recibir una parte de las reliquias del Bienaventurado. Construiré un stūpa sobre ellas y organizaré una fiesta en su honor».
Los Moriyas de Pippalivana se enteraron de que el Bienaventurado había muerto en Kusinārā, y enviaron un mensajero a los Mallas de Kusinārā, diciendo: «El Bienaventurado era un guerrero, y nosotros somos guerreros. Somos dignos de recibir una parte de las reliquias del Bienaventurado. Construiremos un stūpa sobre ellas y organizaremos una fiesta en su honor».
Los Moriyas de Pippalivana se enteraron de que el Bienaventurado había muerto en Kusinārā, y enviaron un mensajero a los Mallas de Kusinārā, diciendo: «El Bienaventurado era un guerrero, y nosotros somos guerreros. Somos dignos de recibir una parte de las reliquias del Bienaventurado. Construiremos un stūpa sobre ellas y organizaremos una fiesta en su honor».
Y los Mallas de Pāvā se enteraron de que el Bienaventurado había muerto en Kusinārā. Enviaron un mensajero a los Mallas de Kusinārā, diciendo: «El Bienaventurado era un guerrero, y nosotros somos guerreros. Tenemos derecho a recibir una parte de las reliquias del Bienaventurado. Construiremos un stūpa sobre ellas y celebraremos una fiesta en su honor».
Entonces los Mallas de Kusinārā se dirigieron a los mensajeros y dijeron: «El Bienaventurado murió en nuestro pueblo. No cederemos ninguna parte de las reliquias del Bienaventurado».
Al oír esto, el brahmán Doṇa se dirigió a ellos y dijo:
«Escuchen, señores, unas palabras de mi boca.
Nuestro Buda solía enseñar la paciencia.
No es apropiado que surja una disputa
por el reparto de los restos del mejor de los hombres.
Unámonos todos, señores, y vivamos en paz;
y dividamos las reliquias en ocho partes.
Que se erijan stupas por todas partes,
para que los hombres tengan fe en Aquel que todo lo ve».
Entonces los Mallas de Kusinārā se dirigieron a los mensajeros y dijeron: «El Bienaventurado murió en nuestro pueblo. No cederemos ninguna parte de las reliquias del Bienaventurado».
Al oír esto, el brahmán Doṇa se dirigió a ellos y dijo:
«Escuchen, señores, unas palabras de mi boca.
Nuestro Buda solía enseñar la paciencia.
No es apropiado que surja una disputa
por el reparto de los restos del mejor de los hombres.
Unámonos todos, señores, y vivamos en paz;
y dividamos las reliquias en ocho partes.
Que se erijan stupas por todas partes,
para que los hombres tengan fe en Aquel que todo lo ve».
« Muy bien, señor », dijeron los Mallas. Y el brahmán Doṇa dividió las reliquias del Bienaventurado en ocho partes y las entregó a las ocho tribus. Después, el brahmán Doṇa les pidió el vaso en el que se habían depositado las reliquias, y ellos se lo entregaron. Entonces construyó una stūpa sobre él. Los Moriyas de Pippalivana, al enterarse de que todas las reliquias habían sido distribuidas, acudieron ante los Mallas de Kusinārā y pidieron una parte de las cenizas. Los Mallas les entregaron las cenizas. Los Moriyas de Pippalivana construyeron una stūpa sobre las cenizas.
Así, hubo ocho stūpas para las reliquias, una para el vaso y otra para las cenizas. Tal fue la distribución de las reliquias del Bienaventurado.
Así, hubo ocho stūpas para las reliquias, una para el vaso y otra para las cenizas. Tal fue la distribución de las reliquias del Bienaventurado.