Un anciano bhikkhu de carácter irritable padecía una enfermedad repugnante, cuya vista y olor eran tan nauseabundos que nadie quería acercarse a él ni ayudarlo en su aflicción. Entonces, el Bienaventurado fue al vihâra donde yacía el desdichado; al enterarse de su estado, ordenó que prepararan agua caliente y fue a la habitación del enfermo para curarle con sus propias manos las heridas, diciendo a sus discípulos:
«El Tathâgata ha venido al mundo para hacerse amigo de los pobres, socorrer a quienes carecen de protección, alimentar a quienes sufren en el cuerpo, ya sean seguidores del Dharma o incrédulos, dar la vista a los ciegos e iluminar la mente de los extraviados, defender los derechos de los huérfanos tanto como los de los ancianos y, al hacerlo, dar ejemplo a los demás. Tal es la consumación de su obra; así alcanza el gran propósito de la vida, como los ríos que se pierden en el océano».
El Bienaventurado cuidó cada día al bhikkhu enfermo mientras permaneció en aquel lugar. El gobernador de la ciudad fue a rendir homenaje al Buddha y, al enterarse del servicio que el Señor había prestado en el vihâra, preguntó al Bienaventurado acerca de la existencia anterior del monje enfermo; el Buddha dijo:
«El Tathâgata ha venido al mundo para hacerse amigo de los pobres, socorrer a quienes carecen de protección, alimentar a quienes sufren en el cuerpo, ya sean seguidores del Dharma o incrédulos, dar la vista a los ciegos e iluminar la mente de los extraviados, defender los derechos de los huérfanos tanto como los de los ancianos y, al hacerlo, dar ejemplo a los demás. Tal es la consumación de su obra; así alcanza el gran propósito de la vida, como los ríos que se pierden en el océano».
El Bienaventurado cuidó cada día al bhikkhu enfermo mientras permaneció en aquel lugar. El gobernador de la ciudad fue a rendir homenaje al Buddha y, al enterarse del servicio que el Señor había prestado en el vihâra, preguntó al Bienaventurado acerca de la existencia anterior del monje enfermo; el Buddha dijo:
«En otro tiempo, había un rey malvado que extorsionaba a sus súbditos todo lo que podía quitarles; ordenó a uno de sus oficiales que azotara a un hombre de alto rango. Sin pensar en el dolor que infligía a los demás, el oficial obedeció; pero cuando la víctima de la ira del rey imploró su clemencia, sintió compasión y apenas lo rozó con el látigo. Ahora bien, el rey renació como Devadatta, a quien todos sus discípulos abandonaron, pues ya no querían soportar su severidad; murió miserable y lleno de remordimientos. El oficial es el bhikkhu enfermo, que, tras haber ofendido a menudo a sus hermanos en el vihāra, fue dejado sin ayuda en su aflicción. En cuanto al hombre de alto rango, golpeado injustamente, que había implorado clemencia, era el Bodhisatta; renació como el Tathâgata. Ahora le corresponde al Tathâgata ayudar al desdichado oficial, tal como este había tenido piedad de Él.»
Y el Bienaventurado repitió estos versos: «Quien hace sufrir a los seres bondadosos, o acusa falsamente a los inocentes, heredará una de las diez grandes calamidades. Pero quien ha aprendido a sufrir con paciencia será purificado y se convertirá en el instrumento elegido para aliviar el sufrimiento.»
Al oír estas palabras, el bhikkhu enfermo se volvió hacia el Buddha, confesó su mal carácter y se arrepintió; purificado su corazón de todo error, rindió homenaje al Señor.
Y el Bienaventurado repitió estos versos: «Quien hace sufrir a los seres bondadosos, o acusa falsamente a los inocentes, heredará una de las diez grandes calamidades. Pero quien ha aprendido a sufrir con paciencia será purificado y se convertirá en el instrumento elegido para aliviar el sufrimiento.»
Al oír estas palabras, el bhikkhu enfermo se volvió hacia el Buddha, confesó su mal carácter y se arrepintió; purificado su corazón de todo error, rindió homenaje al Señor.