Toda tentación no es más que alguna forma de la tentación básica de no creer la idea de hoy. La salvación parece venir de cualquier parte menos de ti. Así también la fuente de la culpa. No ves ni la culpa ni la salvación como estando en tu propia mente, y en ningún otro lugar. Cuando te des cuenta de que toda culpa es únicamente una invención de tu mente, también debes darte cuenta de que la culpa y la salvación deben estar en el mismo lugar. Comprendiendo esto estás salvado.
El costo aparente de aceptar la idea de hoy es éste: significa que nada fuera de ti puede salvarte; nada fuera de ti puede darte paz. Pero también significa que nada fuera de ti puede dañarte, ni perturbar tu paz, ni disgustarte de ningún modo.
La idea de hoy te pone a cargo del universo, donde te corresponde estar por lo que eres. Éste no es un papel que se pueda aceptar parcialmente. Y sin duda debes empezar a ver que aceptarlo es la salvación. Puede que no te resulte claro, sin embargo, por qué el reconocimiento de que la culpa está en tu propia mente entraña la comprensión de que la salvación está también allí.
Dios no habría puesto el remedio de la enfermedad donde no puede ayudar. Ésa es la manera en que ha funcionado tu mente, pero difícilmente la Suya. Él quiere que seas sanado, y por eso ha mantenido la Fuente de la curación donde yace la necesidad de curación. Tú has intentado justo lo contrario, haciendo todo intento, por distorsionado y fantástico que fuera, de separar la curación de la enfermedad para la cual estaba destinada, y así conservar la enfermedad.
Tu propósito era asegurar que la curación no ocurriera; el propósito de Dios era asegurar que ocurriera. Hoy practicamos dándonos cuenta de que la Voluntad de Dios y la nuestra son en realidad la misma en esto.
Dios quiere que seamos sanados, y en realidad no queremos estar enfermos porque nos hace infelices. Por lo tanto, al aceptar la idea de hoy, estamos de acuerdo con Dios. Él no quiere que estemos enfermos. Nosotros tampoco. Él quiere que seamos sanados. Nosotros también.
Estamos listos para dos períodos de práctica más largos hoy, cada uno de los cuales debe durar de diez a quince minutos. Dejaremos, sin embargo, que seas tú quien decida cuándo emprenderlos. Seguiremos esta práctica durante varias lecciones, y sería de nuevo conveniente decidir de antemano cuándo sería un buen momento para reservar a cada uno de ellos, y atenerte a tu propia decisión lo más estrictamente posible.
Comienza estos períodos de práctica repitiendo la idea de hoy, añadiendo una afirmación que signifique tu reconocimiento de que la salvación no viene de nada fuera de ti.
Podrías expresarlo así:
Mi salvación viene de mí.
No puede venir de ningún otro lugar.
Luego dedica unos minutos, con los ojos cerrados, a repasar algunos de los lugares externos donde has buscado la salvación en el pasado, - en otras personas, en posesiones, en diversas situaciones y sucesos, y en concepciones de ti mismo que procuraste hacer reales.
Reconoce que no estaba allí. Dite: Mi salvación no puede venir de ninguna de estas cosas.
Mi salvación viene de mí, y sólo de mí.
Ahora trataremos de nuevo de alcanzar la luz en ti, que es donde está tu salvación. No puedes encontrarla en las nubes que rodean la luz, y es en ellas donde la has estado buscando. No está allí. Está más allá de las nubes, y en la luz que hay detrás. Recuerda que tendrás que atravesar las nubes antes de poder alcanzar la luz. Pero recuerda también que nunca has encontrado en los dibujos de nubes que imaginaste nada que perdurara, o que quisieras.
Puesto que todas las ilusiones de salvación te han fallado, sin duda no quieres permanecer en las nubes buscando vanamente ídolos allí, cuando podrías con tanta facilidad adentrarte en la luz de la salvación real. Procura pasar más allá de las nubes por el medio que más te atraiga. Si te ayuda, piensa en mí sosteniendo tu mano y guiándote. Y te aseguro que esto no será una fantasía ociosa.
Para los períodos de práctica breves y frecuentes de hoy, recuérdate que tu salvación viene de ti, y que nada excepto tus propios pensamientos puede obstaculizar tu progreso. Estás libre de toda interferencia externa. Estás a cargo de tu salvación. Estás a cargo de la salvación del mundo. Di, pues:
Mi salvación viene de mí.
Nada fuera de mí puede detenerme.
Dentro de mí está la salvación del mundo y la mía propia.
✨ Resumen y puesta en práctica
« Mi salvación viene de mí. » Es una de las ideas más liberadoras del curso, y una de las más difíciles de aceptar. Toda tentación no es otra cosa que una manera de no creer esto. La salvación parece venir de todas partes menos de ti: de los demás, de las circunstancias, del dinero, de la salud. Pero la lección es clara: nada fuera de ti puede salvarte, y de paso, nada fuera de ti puede herirte. Tú estás a cargo del universo.
Si aceptas plenamente esta idea, comprendes que la culpa y la salvación están en el mismo lugar: en tu propia mente. Dios no pondría el remedio donde no puede ayudar. Guardó la Fuente de la curación allí donde reside la necesidad de curación: en ti. El ego ha intentado lo contrario: separar la curación de la enfermedad para que la curación nunca tenga lugar. El propósito de Dios era garantizar que se produzca. Hoy, eliges qué propósito seguir.
Este es el punto de llegada de las lecciones 61-70. La primera mitad de este lote (lecciones 61-70) forma un arco completo: identidad (61-62), función (63-66), verdadera naturaleza (67), obstáculo (68-69), solución (70). Las lecciones 71-80 aplicarán ahora esta verdad al plan de Dios para la salvación, mostrando cómo los rencores son un ataque contra ese plan (71-72), e introduciendo los milagros como instrumentos del perdón (77-78). Has atravesado los cimientos; ahora construyes.
Hoy, cada vez que te sientas víctima de las circunstancias, recuerda: « Mi salvación viene de mí. Nada exterior puede salvarme ni herirme. » Tómate unos minutos para sondear esta verdad. Cuando surja una dificultad, no busques la solución fuera: cierra los ojos y busca en ti la paz que ya está ahí. Solo espera tu elección.
Eres la fuente de tu propia salvación. Al reconocerlo, descubres que nunca la has dejado realmente.
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