Padre, hice una imagen de mí mismo, y es esta la que llamo el Hijo de Dios. Sin embargo, la creación es como siempre fue, pues Tu creación es inmutable. No me dejes adorar ídolos. Yo soy aquel a quien mi Padre ama. Su santidad sigue siendo la luz del Cielo y el Amor de Dios. ¿No está seguro lo que Tú amas? ¿No es infinita la luz del Cielo? ¿No es Tu Hijo mi verdadera Identidad, cuando Tú creaste todo lo que es?
Ahora somos uno en Identidad compartida, con Dios nuestro Padre como nuestra única Fuente, y todo lo creado como parte de nosotros. Y así ofrecemos bendición a todas las cosas, uniéndonos amorosamente con todo el mundo, que nuestro perdón ha hecho uno con nosotros.
✨ Resumen y puesta en práctica
La imagen que tienes de ti no es tu verdadera Identidad.
Después de haber enfrentado el miedo al amor (lección 282), esta lección distingue la imagen que fabricaste de tu verdadera Identidad. En el currículo, es una aclaración esencial. Has hecho una imagen de ti mismo, y es esa imagen la que llamas el Hijo de Dios. Pero la creación es tal como siempre ha sido, pues la creación de Dios es inalterable. No adores ídolos. Eres aquel a quien el Padre ama. Tu santidad sigue siendo la luz del Cielo y el Amor de Dios.
La idea central es que la identidad que te has construido, basada en tu cuerpo, tu historia, tus papeles, tus éxitos y tus fracasos, no es tu verdadera Identidad. Tu verdadera Identidad permanece en Dios. Lo que Dios ama está a salvo. La luz del Cielo es infinita. El Hijo de Dios es tu verdadera Identidad, pues Dios creó todo lo que es. Ahora todos son uno en una Identidad compartida, con Dios como única Fuente. Por el perdón, el mundo entero se vuelve uno contigo.
Esta lección se inscribe en la serie de las lecciones 281-285 sobre los pensamientos, el amor y la identidad. Prepara las lecciones 285-290 sobre la santidad, el silencio, el propósito y el perdón. Hace eco de la lección 252 (el Hijo de Dios es mi Identidad), de la lección 260 (Dios me creó) y de la lección 262 (percibir la unidad). La Identidad verdadera no hay que construirla, sino reconocerla.
Para poner esto en práctica hoy, toma conciencia de la imagen que tienes de ti. Anota las etiquetas: "Soy..." (perezoso, competente, ansioso, amable, etc.). Para cada etiqueta, pregunta: "¿Es esta imagen mi verdadera Identidad, o un ídolo que he fabricado?" Luego déjala caer. Después, contempla lo que queda cuando todas las imágenes se han ido. Lo que queda es tu verdadera Identidad, inalterable y eterna. No tienes que ser otra cosa que lo que Dios creó.
Has pasado tanto tiempo fabricándote una identidad. Pero la única identidad que vale no necesita ser fabricada: solo necesita ser reconocida. Eres el amado Hijo de Dios. Eso es todo.
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