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Lección 239

La gloria de mi Padre es la mía propia.

Que la verdad acerca de nosotros mismos no quede hoy oculta por una falsa humildad. Seamos más bien agradecidos por los regalos que nuestro Padre nos dio. ¿Podemos ver en aquellos con quienes Él comparte Su gloria algún rastro de pecado y culpa? ¿Y puede ser que no estemos entre ellos, cuando Él ama a Su Hijo para siempre y con perfecta constancia, sabiendo que es tal como Él lo creó?

Te damos gracias, Padre, por la luz que brilla para siempre en nosotros. Y la honramos, porque la compartes con nosotros. Somos uno, unidos en esta luz y uno contigo, en paz con toda la creación y con nosotros mismos.

✨ Resumen y puesta en práctica

La gloria de tu Padre es también la tuya.

Esta lección te invita a dejar de lado la falsa humildad que te hace ocultar tu verdadera grandeza. «Que la verdad sobre nosotros no sea ocultada hoy por una falsa humildad. Seamos más bien agradecidos por los dones que nuestro Padre nos ha hecho». La falsa humildad es esa modestia hipócrita que dice: «Oh no, no soy tan especial, no merezco tanto amor.

La lección plantea preguntas que rompen las cadenas de la indignidad: «¿Podemos ver en aquellos con quienes Él comparte Su gloria alguna traza de pecado y de culpa? ¿Y es posible que no estemos entre ellos, cuando Él ama a Su Hijo para siempre y con perfecta constancia, sabiendo que es tal como Él lo creó?».

La oración de cierre expresa la unidad recobrada: «Te damos gracias, Padre, por la luz que brilla para siempre en nosotros. Y la honramos, porque Tú la compartes con nosotros. Somos uno solo, unidos en esta luz y uno contigo, en paz con toda la creación y con nosotros mismos». No estás separado de Dios, no estás separado de tus hermanos, no estás separado de la creación.

Puesta en práctica:

Hoy, haz el ejercicio de la verdadera humildad: mírate en un espejo y di: «Soy la gloria de Dios. Doy gracias por los dones que Él me ha hecho». Si una voz interior protesta que es arrogancia, reconócela como la falsa humildad y elige la verdadera. Mira luego a cada persona que encuentres y reconoce en ella la misma gloria: «En ti también brilla la gloria de Dios.

Rechazar tu gloria no es ser humilde: es rechazar el don que Dios te ha hecho con tanto amor. Acéptalo, y descubrirás que nunca has sido menos que el reflejo de Su luz.

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