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Lección 234

Padre, hoy soy de nuevo Tu Hijo.

Hoy anticiparemos el tiempo en que los sueños de pecado y de culpa se hayan ido y hayamos alcanzado la santa paz que nunca dejamos. Apenas ha transcurrido un diminuto instante entre la eternidad y la atemporalidad. Tan breve fue el intervalo que no hubo interrupción en la continuidad, ni ruptura en los pensamientos que están por siempre unificados como uno. Nunca ha ocurrido nada que perturbe la paz de Dios el Padre y el Hijo. Esto lo aceptamos hoy como totalmente verdadero.

Te damos gracias, Padre, porque no podemos perder el recuerdo de Ti y de Tu Amor. Reconocemos nuestra seguridad y damos gracias por todos los dones que nos has concedido, por toda la amorosa ayuda que hemos recibido, por Tu eterna paciencia y por la Palabra que nos has dado de que estamos salvados.

✨ Resumen y puesta en práctica

Hoy eres de nuevo el Hijo de Dios.

Esta lección es una celebración del regreso a la identidad verdadera. «Hoy anticiparemos el tiempo en que los sueños de pecado y de culpa habrán desaparecido y habremos alcanzado la santa paz que nunca hemos abandonado». Estás invitado a anticipar, a saborear de antemano la realidad en la que los sueños de pecado y de culpa se han desvanecido. Esos sueños no eran más que sueños: nunca fueron reales. La paz que nunca has abandonado te espera al despertar». La lección te pide que proyectes tu conciencia hacia adelante, en el estado en que ya sabes que todo va bien, que todo ha ido siempre bien, que nada ha ocurrido jamás para perturbar la paz de Dios.

La lección describe la naturaleza del intervalo entre el sueño y el despertar: «Solo ha transcurrido un instante muy pequeño entre la eternidad y lo intemporal. Ese intervalo fue tan breve que no hubo ninguna falla en la continuidad, ni ninguna ruptura en los pensamientos que están para siempre unificados siendo uno solo».

La oración de cierre expresa la gratitud por esta seguridad inquebrantable: «Te damos gracias, Padre, de que no podamos perder el recuerdo de Ti y de Tu Amor. Reconocemos nuestra seguridad y Te damos gracias por todos los dones que nos has concedido, por toda la ayuda amorosa que hemos recibido, por Tu paciencia eterna y por la Palabra que nos has dado de que estamos salvados». No puedes perder el recuerdo de Dios y de Su Amor.

Puesta en práctica:

Hoy, repite varias veces: «Padre, hoy soy de nuevo Tu Hijo». No «me convierto», sino «soy»: el reconocimiento de lo que siempre ha sido verdad. Cuando te visiten los sueños de culpa, recuerda: «Nada ha ocurrido jamás para perturbar la paz de Dios». Descansa en esta certeza. Ya estás en casa, y tu Padre te acoge con los brazos abiertos.

Nunca te has convertido en otra cosa que el Hijo de Dios: el «de nuevo» no marca un nuevo nacimiento, sino el fin del olvido de lo que nunca has dejado de ser.


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