La palabra «uno», en el lenguaje corriente, designa tanto una unidad accidental y transitoria como una unidad esencial y permanente. Esta unidad esencial y permanente es la verdadera unidad… Incluso cuando la palabra «uno», en el sentido de unidad accidental, no designa unidades manifiestamente colectivas o todos compuestos, como las especies, un ejército, etc., sino que se aplica a un solo hombre, sigue designando una pluralidad.
Pues designa un ser compuesto de sustancia y forma, de lo esencial y lo accidental; un ser cuya existencia y cuya pérdida de existencia vienen de fuera; un ser sujeto a la composición y a la disolución, al cambio y a la división, a la clasificación o a la asociación con otros seres de la misma naturaleza. Tal unidad no es la verdadera unidad. Medita bien sobre esto.
Incluso cuando designa una unidad absoluta, la palabra «uno» puede aplicarse a algo que no es más que uno entre otros…
Pues designa un ser compuesto de sustancia y forma, de lo esencial y lo accidental; un ser cuya existencia y cuya pérdida de existencia vienen de fuera; un ser sujeto a la composición y a la disolución, al cambio y a la división, a la clasificación o a la asociación con otros seres de la misma naturaleza. Tal unidad no es la verdadera unidad. Medita bien sobre esto.
Incluso cuando designa una unidad absoluta, la palabra «uno» puede aplicarse a algo que no es más que uno entre otros…
Pero la unidad esencial, absoluta, real y objetiva, que es inmutable y no puede multiplicarse ni contarse entre las cualidades de la materia, cuyo ser o desaparición no puede ser provocado desde el exterior, que no tiene principio ni fin, que no puede ser movida ni comparada con nada, ni tener nada comparado con Ella, ni ser incluida en ninguna categoría, porque Ella es Una y única en todos los sentidos y bajo todos los aspectos: solo Ella es la verdadera unidad, la raíz y la causa de todas las cosas colectivas o compuestas. Tal es el significado de la palabra «Uno» cuando hablamos de la unidad de Dios.