El reconocimiento perfecto de la existencia y la unidad de Dios constituye el único fundamento seguro de un pensamiento y una conducta justos. Pues la gratitud hacia el Creador, bienhechor del universo, y la admiración por la creación implican la resolución meditada de hacer el bien a todas Sus criaturas, estudiar Sus obras y elevar nuestras almas perfeccionándolas; también tienden a hacernos amar a Dios, lo cual conduce a obedecer Su voluntad, ya sea que Él la revele por medio de la Naturaleza, de los hombres o de nuestras facultades innatas para reconocer la justicia y el bien.
El amor a Dios y la aceptación que de Él se deriva del yugo del deber, mediante la obediencia a Su voluntad, aparecen, en el pasaje de las Escrituras que marca el tono de la fe de Israel, después del mandato de comprender que el Creador existe, que el Eterno es Dios y que Él es Uno. (Escucha y comprende, oh Israel, el Eterno es nuestro Dios, el Eterno es Uno) (Deut. vi.).
La unidad de conducta y la concentración de nuestro amor y nuestros esfuerzos en favor del bien exigen creer en un único Creador, único origen del bien.
El amor a Dios y la aceptación que de Él se deriva del yugo del deber, mediante la obediencia a Su voluntad, aparecen, en el pasaje de las Escrituras que marca el tono de la fe de Israel, después del mandato de comprender que el Creador existe, que el Eterno es Dios y que Él es Uno. (Escucha y comprende, oh Israel, el Eterno es nuestro Dios, el Eterno es Uno) (Deut. vi.).
La unidad de conducta y la concentración de nuestro amor y nuestros esfuerzos en favor del bien exigen creer en un único Creador, único origen del bien.