Me resulta totalmente evidente que ni siquiera los deberes del cuerpo y de sus miembros pueden cumplirse plenamente sin un corazón dispuesto y un alma que se complazca en cumplirlos, y sin que nuestro corazón esté verdaderamente lleno de ardor por la obra que implican. Y si llegáramos a pensar que nuestra obligación moral exige únicamente actos externos de bondad, y que nuestros corazones no están obligados a elegir el servicio del Infinito y a complacerse en él, entonces también quedaría suprimida la obligación de conducirse moralmente para el cuerpo y sus miembros. Pues ningún acto, sea cual sea, se cumple plenamente si el alma no se complace en realizarlo.
Además, en lo que respecta a toda conducta pecaminosa, no es el acto mismo, sino la intención pecaminosa, lo que hace culpable. Solo se es culpable cuando el corazón se une a los miembros del cuerpo para cometer una falta; por tanto, la intención del corazón es el elemento principal tanto de la virtud como del vicio, y quien realiza involuntariamente una acción meritoria no obtiene mérito alguno. Así pues, lo esencial de toda conducta reside en la intención del corazón.
Además, en lo que respecta a toda conducta pecaminosa, no es el acto mismo, sino la intención pecaminosa, lo que hace culpable. Solo se es culpable cuando el corazón se une a los miembros del cuerpo para cometer una falta; por tanto, la intención del corazón es el elemento principal tanto de la virtud como del vicio, y quien realiza involuntariamente una acción meritoria no obtiene mérito alguno. Así pues, lo esencial de toda conducta reside en la intención del corazón.