El Jorasán disfrutaba de una gran prosperidad, debida al gobierno del príncipe Amid. Le servían cien esclavos turcos de rostro lunar, talle de ciprés, piernas de plata y cabellos de almizcle. Todos llevaban en la oreja una perla cuyo reflejo iluminaba la noche y la hacía parecerse al día; llevaban un gorro de brocado y un collar de oro; tenían el pecho cubierto con una tela de plata y una faja dorada; llevaban otras fajas adornadas con piedras preciosas y montaban caballos blancos. Quienquiera que veía el rostro de uno de aquellos jóvenes guerreros entregaba de inmediato su corazón y su alma. Por casualidad, un loco hambriento, cubierto de harapos y descalzo, vio a lo lejos a aquel grupo de jóvenes y dijo: «¿Qué es esta cabalgata de huríes?». El magistrado principal de la ciudad le dio una respuesta exacta. «Estos jóvenes —le dijo— son los pajes de Amid, el príncipe de la ciudad». Cuando aquel insensato oyó estas palabras, el vapor de la locura le subió a la cabeza y dijo: «¡Oh Dios! Tú, que posees el dosel glorioso, aprende de Amid a cuidar de Tus siervos».
Si eres como ese loco, ¡bien!, ten su audacia; elévate, si puedes, como el tallo esbelto; de lo contrario, guárdate de ser audaz y no te rías. La audacia de los locos es algo bueno; se queman como las mariposas. Esta clase de gente no puede darse cuenta de si el camino es bueno o malo; no conoce más que una manera de actuar.