El Verbo habla a nuestro corazón.
Es en este principio, oh Dios, donde Tú hiciste el cielo y la tierra; es en Tu Verbo, Tu Hijo, Tu virtud, Tu sabiduría, Tu verdad, mediante una palabra, mediante una operación admirable. ¿Quién podrá comprender esta maravilla? ¿Quién podrá contarla? ¿Qué luz es esta que a intervalos me ilumina y golpea mi corazón sin herirlo; lo hiela de espanto y lo inflama de amor: espanto, por cuanto estoy tan lejos; amor, por cuanto estoy más cerca de ella?
Es la Sabiduría, la Sabiduría misma, cuyo rayo rasga a intervalos las nubes de mi alma, que, a menudo infiel a esta luz, vuelve a caer en sus tinieblas, bajo el peso de su suplicio: pues mi angustia ha agotado mis fuerzas; soy incapaz incluso de soportar mi felicidad, mientras Tu piedad, Señor, que socorre mis iniquidades, no haya «sanado todas mis dolencias. Pero Tú rescatarás mi vida de la corrupción; me coronarás de compasión y misericordia; saciarás con Tus bienes todo mi deseo, y mi juventud se renovará como la del águila»; pues la esperanza es nuestra salvación; y esperamos Tus promesas con paciencia. Que escuche en sí quien pueda Tu palabra interior; yo exclamo, confiando en Tu oráculo: «¡Cuán gloriosas son Tus obras, Señor»! Tú lo hiciste todo con Tu Sabiduría. Ella es el principio; y en este principio creaste el cielo y la tierra.
Es en este principio, oh Dios, donde Tú hiciste el cielo y la tierra; es en Tu Verbo, Tu Hijo, Tu virtud, Tu sabiduría, Tu verdad, mediante una palabra, mediante una operación admirable. ¿Quién podrá comprender esta maravilla? ¿Quién podrá contarla? ¿Qué luz es esta que a intervalos me ilumina y golpea mi corazón sin herirlo; lo hiela de espanto y lo inflama de amor: espanto, por cuanto estoy tan lejos; amor, por cuanto estoy más cerca de ella?
Es la Sabiduría, la Sabiduría misma, cuyo rayo rasga a intervalos las nubes de mi alma, que, a menudo infiel a esta luz, vuelve a caer en sus tinieblas, bajo el peso de su suplicio: pues mi angustia ha agotado mis fuerzas; soy incapaz incluso de soportar mi felicidad, mientras Tu piedad, Señor, que socorre mis iniquidades, no haya «sanado todas mis dolencias. Pero Tú rescatarás mi vida de la corrupción; me coronarás de compasión y misericordia; saciarás con Tus bienes todo mi deseo, y mi juventud se renovará como la del águila»; pues la esperanza es nuestra salvación; y esperamos Tus promesas con paciencia. Que escuche en sí quien pueda Tu palabra interior; yo exclamo, confiando en Tu oráculo: «¡Cuán gloriosas son Tus obras, Señor»! Tú lo hiciste todo con Tu Sabiduría. Ella es el principio; y en este principio creaste el cielo y la tierra.