Por qué confiesa lo que la gracia ha hecho de él.
¿Qué tienen que ver conmigo los hombres que escuchan mis confesiones como si ellos fueran a curar todas mis dolencias? ¡Raza curiosa de la vida ajena y perezosa para corregir la propia! ¿Por qué averiguan quién soy, cuando se niegan a aprender de Ti lo que son? Y ¿cómo saben, cuando soy yo quien les habla de mí, que digo la verdad, puesto que ningún hombre sabe lo que pasa en el hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Pero, si Te oyen hablar de ellos mismos, no podrán decir: El Señor ha mentido. Pues ¿qué es escucharte sino conocerse? Y quien negara lo que así sabe, ¿no se mentiría a sí mismo?
Pero como, entre quienes une el vínculo de la fraternidad, la caridad todo lo cree, me confieso a Ti, Señor, para que los demás me escuchen. No puedo demostrarles la verdad de mi confesión; sin embargo, quienes tienen los oídos abiertos por la caridad creen en mi palabra. Pero, ¡oh médico interior!, muéstrame bien la utilidad de lo que voy a hacer. Pues la confesión de mis iniquidades pasadas, que has perdonado y cubierto para hacer bienaventurada en Ti a esta alma transformada por la fe y por Tu sacramento, puede reanimar los corazones contra el entumecimiento y el «¡No puedo!» de la desesperación; puede despertarlos al amor de Tu misericordia, a las dulzuras de Tu gracia, esa fuerza de los débiles a quienes ha revelado su debilidad. Y para los justos es un consuelo escuchar los pecados de quienes han quedado libres de ellos, no por esos pecados mismos, sino porque existieron y ya no existen.
¿Qué tienen que ver conmigo los hombres que escuchan mis confesiones como si ellos fueran a curar todas mis dolencias? ¡Raza curiosa de la vida ajena y perezosa para corregir la propia! ¿Por qué averiguan quién soy, cuando se niegan a aprender de Ti lo que son? Y ¿cómo saben, cuando soy yo quien les habla de mí, que digo la verdad, puesto que ningún hombre sabe lo que pasa en el hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Pero, si Te oyen hablar de ellos mismos, no podrán decir: El Señor ha mentido. Pues ¿qué es escucharte sino conocerse? Y quien negara lo que así sabe, ¿no se mentiría a sí mismo?
Pero como, entre quienes une el vínculo de la fraternidad, la caridad todo lo cree, me confieso a Ti, Señor, para que los demás me escuchen. No puedo demostrarles la verdad de mi confesión; sin embargo, quienes tienen los oídos abiertos por la caridad creen en mi palabra. Pero, ¡oh médico interior!, muéstrame bien la utilidad de lo que voy a hacer. Pues la confesión de mis iniquidades pasadas, que has perdonado y cubierto para hacer bienaventurada en Ti a esta alma transformada por la fe y por Tu sacramento, puede reanimar los corazones contra el entumecimiento y el «¡No puedo!» de la desesperación; puede despertarlos al amor de Tu misericordia, a las dulzuras de Tu gracia, esa fuerza de los débiles a quienes ha revelado su debilidad. Y para los justos es un consuelo escuchar los pecados de quienes han quedado libres de ellos, no por esos pecados mismos, sino porque existieron y ya no existen.
Pero, ¿de qué fruto es, Señor, Dios mío, a quien cada día se confiesa mi conciencia, más segura en la esperanza de Tu misericordia que en su inocencia; de qué fruto es, pues, Te lo pregunto, que por estas líneas confiese ante los hombres, delante de Ti, no lo que he sido, sino lo que soy hoy? En cuanto al pasado, he reconocido y señalado su provecho. Y ahora muchos de los que me conocen o no me conocen, que me han oído o bien han oído hablar de mí, desean saber cómo soy en el tiempo mismo de estas confesiones; no tienen oído para mi corazón, donde soy tal como soy; quieren, pues, oírme confesar lo que puedo ser en el fondo de mí mismo, donde ni el ojo, ni el oído, ni la inteligencia pueden penetrar. Están dispuestos a creerme sin más pruebas; la caridad, que los santifica, les dice que no miento al hablarles de mí, y es ella en ellos quien me da crédito.