Su amigo Alipio.
Ese era el tema habitual de nuestras quejas entre amigos y, sobre todo, de mis conversaciones íntimas con Alipio y Nebridio. Alipio, nacido en la misma ciudad, de una de las principales familias municipales, era más joven que yo. Había seguido mis lecciones al comienzo de mi carrera en nuestra ciudad natal y luego en Cartago; y me quería mucho porque le parecía sabio y bueno. Y yo lo quería por el gran carácter virtuoso que ya mostraba a tan tierna edad. Sin embargo, el abismo de inmoralidad y de espectáculos frívolos, abierto en Cartago, lo había engullido en el delirio de los juegos del circo. Estaba miserablemente sumido en ellos cuando yo enseñaba públicamente el arte de la oratoria; pero aún no asistía a mis clases, debido a cierta desavenencia surgida entre su padre y yo. Me enteré con dolor de esta perniciosa pasión; iba a perder, quizá ya había perdido, mi más alta esperanza. Y no tenía ni el derecho de una benevolencia amistosa ni la autoridad de un maestro para advertirlo o reprenderlo. Creía que compartía conmigo los sentimientos de su padre, pero no era así. Pues, lejos de preocuparse por ello, me saludaba e incluso venía por unos instantes a mi auditorio.
Y, sin embargo, se me había olvidado hablar con él para conjurarlo a no sacrificar una inteligencia tan hermosa al ciego arrebato de esos miserables juegos. Pero Tú, Señor, que nunca sueltas las riendas con las que gobiernas a Tus criaturas, no habías olvidado que debía ser, entre Tus hijos, uno de los principales ministros de Tus misterios. Y para que todo el honor de su enmienda recayera en Ti, hiciste de mí el instrumento, aunque involuntario. Un día, mientras daba mi clase habitual, vino, me saludó, se sentó entre mis alumnos y se puso a escucharme con atención. Y, por casualidad, la lección que tenía entre manos me pareció requerir, para su explicación, una comparación tomada de los juegos del circo, que debía dar más encanto y claridad a mis palabras, con un aderezo de mordaz burla contra los esclavos de semejante manía.
Ese era el tema habitual de nuestras quejas entre amigos y, sobre todo, de mis conversaciones íntimas con Alipio y Nebridio. Alipio, nacido en la misma ciudad, de una de las principales familias municipales, era más joven que yo. Había seguido mis lecciones al comienzo de mi carrera en nuestra ciudad natal y luego en Cartago; y me quería mucho porque le parecía sabio y bueno. Y yo lo quería por el gran carácter virtuoso que ya mostraba a tan tierna edad. Sin embargo, el abismo de inmoralidad y de espectáculos frívolos, abierto en Cartago, lo había engullido en el delirio de los juegos del circo. Estaba miserablemente sumido en ellos cuando yo enseñaba públicamente el arte de la oratoria; pero aún no asistía a mis clases, debido a cierta desavenencia surgida entre su padre y yo. Me enteré con dolor de esta perniciosa pasión; iba a perder, quizá ya había perdido, mi más alta esperanza. Y no tenía ni el derecho de una benevolencia amistosa ni la autoridad de un maestro para advertirlo o reprenderlo. Creía que compartía conmigo los sentimientos de su padre, pero no era así. Pues, lejos de preocuparse por ello, me saludaba e incluso venía por unos instantes a mi auditorio.
Y, sin embargo, se me había olvidado hablar con él para conjurarlo a no sacrificar una inteligencia tan hermosa al ciego arrebato de esos miserables juegos. Pero Tú, Señor, que nunca sueltas las riendas con las que gobiernas a Tus criaturas, no habías olvidado que debía ser, entre Tus hijos, uno de los principales ministros de Tus misterios. Y para que todo el honor de su enmienda recayera en Ti, hiciste de mí el instrumento, aunque involuntario. Un día, mientras daba mi clase habitual, vino, me saludó, se sentó entre mis alumnos y se puso a escucharme con atención. Y, por casualidad, la lección que tenía entre manos me pareció requerir, para su explicación, una comparación tomada de los juegos del circo, que debía dar más encanto y claridad a mis palabras, con un aderezo de mordaz burla contra los esclavos de semejante manía.
Tú sabes, Dios mío, que entonces yo no pensaba en absoluto en curar a Alipio. Pero él tomó para sí la indirecta, creyendo que iba dirigida únicamente a él: otro me habría guardado rencor; él se lo guardó a sí mismo; excelente joven, que desde entonces me quiso con una amistad aún más viva. ¿No habías dicho ya hacía tiempo: «Reprende al sabio y te amará»? Y, sin embargo, no fui yo quien lo reprendió, sino Tú, a quien, ya sea de buen grado o sin que lo sepamos, todos servimos de instrumentos según el orden de Tu sabiduría y de Tu justicia. Fuiste Tú quien hizo de mi corazón y de mi lengua brasas ardientes para quemar y sanar el mal del que se moría aquella alma de tan preciosa esperanza.
Prov., IX, 8.
Que calle Tus alabanzas quien no considere Tus misericordias; ellas hablan en Tu honor desde lo más profundo de mis entrañas. Yo había hablado, y enseguida Alipio salió del abismo en el que un placer ciego lo había precipitado; su magnánima resolución sacudió su alma e hizo caer de ella toda la inmundicia del circo, al que ya no volvió. Poco después, venciendo la resistencia de su padre, obtuvo el permiso para tomarme por maestro. De nuevo discípulo mío, se comprometió conmigo en las supersticiones de los maniqueos, pues amaba en ellos aquella apariencia de continencia que creía natural y verdadera. Pero aquella continencia «estaba lejos de su corazón; no era más que una trampa tendida a las almas generosas» que, al no conocer todavía las realidades de la virtud, se dejan atrapar por la superficie donde se deslizan su sombra y su engañosa imagen.
Prov., IX, 8.
Que calle Tus alabanzas quien no considere Tus misericordias; ellas hablan en Tu honor desde lo más profundo de mis entrañas. Yo había hablado, y enseguida Alipio salió del abismo en el que un placer ciego lo había precipitado; su magnánima resolución sacudió su alma e hizo caer de ella toda la inmundicia del circo, al que ya no volvió. Poco después, venciendo la resistencia de su padre, obtuvo el permiso para tomarme por maestro. De nuevo discípulo mío, se comprometió conmigo en las supersticiones de los maniqueos, pues amaba en ellos aquella apariencia de continencia que creía natural y verdadera. Pero aquella continencia «estaba lejos de su corazón; no era más que una trampa tendida a las almas generosas» que, al no conocer todavía las realidades de la virtud, se dejan atrapar por la superficie donde se deslizan su sombra y su engañosa imagen.