Necesidad de creer lo que todavía no comprendemos.
Sin embargo, desde entonces prefería la doctrina católica, juzgando que manda con más modestia y entera sinceridad creer lo que no está demostrado (ya sea que se trate de alguien incapaz de comprender la demostración, ya sea que no haya demostración posible), mientras que sus temerarias promesas de ciencia, señuelo irrisorio para la credulidad, no son más que un cúmulo de fábulas y absurdos que no pueden sostener y cuya creencia luego imponen.
Y Tu mano misericordiosa y dulce, ¡Señor!, tomando y moldeando poco a poco mi corazón, me hacía notar cuántos hechos creía sin haber sido testigo ni contemporáneo de ellos: tantos acontecimientos de la historia de las naciones, tantos relatos de lugares y ciudades que nunca había visto, todo lo que nos cuentan amigos, médicos y otros mil, que es preciso admitir, so pena de romper todas las relaciones de la vida. ¿No me aseguraba una fe inquebrantable quiénes eran mis padres? ¿Y qué podía saber yo de ello si no creía en el testimonio?
Así me persuadiste de que, lejos de censurar a quienes dan crédito a Tus Escrituras, cuya autoridad has establecido tan poderosamente entre casi todos los pueblos del mundo, solo los incrédulos son reprensibles y no se les debe escuchar cuando nos dicen: ¿Cómo saben ustedes si estos libros fueron comunicados al género humano por el espíritu del verdadero Dios, que es la verdad misma? Y esto era precisamente lo que debía creer, pues, en aquellas luchas sofísticas de cuestiones capciosas, en aquellos conflictos de filósofos cuyos libros había leído, nada había podido arrancar de mí la creencia de que Tú existes, aun cuando ignorara lo que eres, ni hacerme dudar de que el gobierno de las cosas humanas pertenece a Tu providencia. Mi fe, a este respecto, era, es cierto, unas veces más fuerte y otras más débil; pero siempre he creído que Tú existes y que Te preocupas por nosotros, aunque no supiera qué pensar de Tu sustancia ni cuál es el camino que conduce a Ti y nos hace volver a Ti.
Sin embargo, desde entonces prefería la doctrina católica, juzgando que manda con más modestia y entera sinceridad creer lo que no está demostrado (ya sea que se trate de alguien incapaz de comprender la demostración, ya sea que no haya demostración posible), mientras que sus temerarias promesas de ciencia, señuelo irrisorio para la credulidad, no son más que un cúmulo de fábulas y absurdos que no pueden sostener y cuya creencia luego imponen.
Y Tu mano misericordiosa y dulce, ¡Señor!, tomando y moldeando poco a poco mi corazón, me hacía notar cuántos hechos creía sin haber sido testigo ni contemporáneo de ellos: tantos acontecimientos de la historia de las naciones, tantos relatos de lugares y ciudades que nunca había visto, todo lo que nos cuentan amigos, médicos y otros mil, que es preciso admitir, so pena de romper todas las relaciones de la vida. ¿No me aseguraba una fe inquebrantable quiénes eran mis padres? ¿Y qué podía saber yo de ello si no creía en el testimonio?
Así me persuadiste de que, lejos de censurar a quienes dan crédito a Tus Escrituras, cuya autoridad has establecido tan poderosamente entre casi todos los pueblos del mundo, solo los incrédulos son reprensibles y no se les debe escuchar cuando nos dicen: ¿Cómo saben ustedes si estos libros fueron comunicados al género humano por el espíritu del verdadero Dios, que es la verdad misma? Y esto era precisamente lo que debía creer, pues, en aquellas luchas sofísticas de cuestiones capciosas, en aquellos conflictos de filósofos cuyos libros había leído, nada había podido arrancar de mí la creencia de que Tú existes, aun cuando ignorara lo que eres, ni hacerme dudar de que el gobierno de las cosas humanas pertenece a Tu providencia. Mi fe, a este respecto, era, es cierto, unas veces más fuerte y otras más débil; pero siempre he creído que Tú existes y que Te preocupas por nosotros, aunque no supiera qué pensar de Tu sustancia ni cuál es el camino que conduce a Ti y nos hace volver a Ti.
Así pues, impotente para encontrar la verdad por la razón pura, nuestra debilidad necesita el apoyo de los Libros santos, y desde entonces empecé a creer que Tú no habrías investido a esta Escritura de una autoridad tan alta y universal si no Te hubiera placido ser creído y ser buscado por medio de ella. En cuanto a los absurdos que de ordinario me escandalizaban, algunas explicaciones plausibles que me dieron ya me hacían atribuir lo desconocido y extraño a la profundidad de los misterios. Y su autoridad me parecía tanto más venerable y digna de fe cuanto que, ofreciéndose a la mano de todo lector, no dejaba por ello de conservar, en la profundidad de su sentido, la majestad de sus secretos; accesible por la desnudez de su expresión y la sencillez de su lenguaje, y, sin embargo, capaz de conmover los corazones más meditativos; acogiendo a todos los hombres en su vasto seno, pero haciendo llegar hasta Ti solo a un pequeño número, a través de alguna malla rota de su velo; número que sería aún mucho más pequeño si, desde la cumbre de autoridad a la que está elevada, no reuniera al género humano en el regazo de su santa humildad. Así meditaba yo, y Tú venías a mí. Yo suspiraba, y Tú prestabas oído. Yo fluctuaba, y Tú me gobernabas. Yo iba por el camino ancho del siglo, y Tú no me abandonabas.