Rompe con los maniqueos y permanece como catecúmeno en la Iglesia.
Indiferente a la verdad, no prestaba atención más que al arte de sus discursos. Y, en mí, aquella vana preocupación había sobrevivido a la esperanza de que se abriera al hombre el camino que conduce a Ti. Sin embargo, las palabras que amaba llevaban a mi espíritu las cosas mismas por las que yo no me interesaba. Eran inseparables, y mi corazón no podía abrirse a la elocuencia sin que la verdad entrara también en él, aunque poco a poco. Vi primero que todo lo que él afirmaba podía defenderse, y que la fe católica podía afirmarse sin temeridad frente a los ataques de los maniqueos, a quienes hasta entonces había creído invencibles. Me conmovió sobre todo oírlo resolver, según el sentido espiritual, varios pasajes oscuros del Antiguo Testamento, cuya interpretación literal me daba la muerte.
Iluminado por la exposición del sentido espiritual, ya desaprobaba aquel desaliento que me había hecho creer imposible toda resistencia a los enemigos, a los burladores de la ley y de los profetas. Sin embargo, no me creía obligado a entrar en el camino católico porque también pudiera tener defensores doctos y elocuentes, ni a condenar el partido que había abrazado porque la defensa le proporcionaba armas iguales. Así, la fe católica, al dejar de parecerme vencida, aún no se levantaba victoriosa ante mí.
Empleé todos los recursos de mi espíritu en descubrir alguna razón decisiva para convencerme de la falsedad de las opiniones maniqueas. Si mi espíritu hubiera podido representarse una sustancia espiritual, habría destruido todos aquellos juguetes del error y los habría barrido de mi imaginación; pero no podía. No obstante, en cuanto a este mundo exterior, dominio de nuestros sentidos, encontraba mucha más probabilidad en las opiniones de la mayoría de los filósofos: y serias reflexiones, reiteradas comparaciones, respaldaban este juicio.
Indiferente a la verdad, no prestaba atención más que al arte de sus discursos. Y, en mí, aquella vana preocupación había sobrevivido a la esperanza de que se abriera al hombre el camino que conduce a Ti. Sin embargo, las palabras que amaba llevaban a mi espíritu las cosas mismas por las que yo no me interesaba. Eran inseparables, y mi corazón no podía abrirse a la elocuencia sin que la verdad entrara también en él, aunque poco a poco. Vi primero que todo lo que él afirmaba podía defenderse, y que la fe católica podía afirmarse sin temeridad frente a los ataques de los maniqueos, a quienes hasta entonces había creído invencibles. Me conmovió sobre todo oírlo resolver, según el sentido espiritual, varios pasajes oscuros del Antiguo Testamento, cuya interpretación literal me daba la muerte.
Iluminado por la exposición del sentido espiritual, ya desaprobaba aquel desaliento que me había hecho creer imposible toda resistencia a los enemigos, a los burladores de la ley y de los profetas. Sin embargo, no me creía obligado a entrar en el camino católico porque también pudiera tener defensores doctos y elocuentes, ni a condenar el partido que había abrazado porque la defensa le proporcionaba armas iguales. Así, la fe católica, al dejar de parecerme vencida, aún no se levantaba victoriosa ante mí.
Empleé todos los recursos de mi espíritu en descubrir alguna razón decisiva para convencerme de la falsedad de las opiniones maniqueas. Si mi espíritu hubiera podido representarse una sustancia espiritual, habría destruido todos aquellos juguetes del error y los habría barrido de mi imaginación; pero no podía. No obstante, en cuanto a este mundo exterior, dominio de nuestros sentidos, encontraba mucha más probabilidad en las opiniones de la mayoría de los filósofos: y serias reflexiones, reiteradas comparaciones, respaldaban este juicio.
Así, dudando de todo, siguiendo las máximas supuestas de la Academia y vacilando ante toda incertidumbre, resolví abandonar a los maniqueos, pues no creía que, en aquella crisis de irresolución, debiera permanecer ligado a una secta que ya cedía en mi estima ante tal escuela filosófica. Pero a aquellos filósofos, vacíos del nombre redentor de Jesús, me negaba a confiarles la cura de las languideces de mi alma. Decidí, pues, permanecer como catecúmeno en la Iglesia católica, la Iglesia de mi padre y de mi madre, en espera de un faro de certeza que dirigiera mi rumbo.