Genio de San Agustín.
¿Y de qué me servía entonces aquella inteligencia tan rápida y vivaz, si hacia los veinte años, habiendo tenido entre las manos ese libro de Aristóteles que se llama las diez categorías, lo comprendí por mí solo con una simple lectura? Y, sin embargo, al oír el nombre de categorías, las mejillas del retórico de Cartago, mi maestro, se hinchaban de énfasis, y muchos otros considerados hábiles habían despertado también en mí como una inquieta expectación de algo extraordinario y divino. Después hablé de ello con otros que decían haber comprendido esa obra solo con gran dificultad, con ayuda de excelentes maestros, no solo mediante explicaciones orales, sino también con figuras trazadas en la arena, y no pudieron enseñarme nada que mi lectura solitaria no me hubiera hecho conocer.
Y esas categorías me parecían hablar con bastante claridad de las sustancias, por ejemplo, el hombre; y de lo que hay en ellas, como la figura del hombre; de cómo es, de cuál es su tamaño, su altura, de quién es hermano o pariente, dónde está establecido, cuándo nació; si está de pie, sentado, calzado o armado; si actúa o padece; en fin, de todo lo que está comprendido, ya sea en esos nueve géneros, de los que he mencionado algunos ejemplos, o en el género mismo de la sustancia, cuyos ejemplos son innumerables.
¿De qué bien me servía, o más bien qué mal no me hacía ese conocimiento? Quería que todo lo que existe quedara comprendido en esos diez predicamentos; y a Ti mismo, ¿cómo Te concebía, Dios mío, simplicidad, inmutabilidad perfecta? Mi pensamiento material se figuraba Tu grandeza y Tu belleza reunidas en Ti como el accidente en el sujeto; como si Tú mismo no fueras Tu grandeza y Tu belleza, mientras que el cuerpo no recibe de su esencia corporal su grandeza y su belleza; pues, aunque fuera menos grande y menos bello, ¿dejaría por eso de ser cuerpo? ¡Quimera era todo lo que pensaba de Ti, y no verdad; invenciones de mi miseria, y no realidades de Tu beatitud! Y Tu orden se cumplía en mí: «la tierra me producía cardos y espinas; solo podía ganar mi pan a costa de mis sudores».
¿Y de qué me servía entonces aquella inteligencia tan rápida y vivaz, si hacia los veinte años, habiendo tenido entre las manos ese libro de Aristóteles que se llama las diez categorías, lo comprendí por mí solo con una simple lectura? Y, sin embargo, al oír el nombre de categorías, las mejillas del retórico de Cartago, mi maestro, se hinchaban de énfasis, y muchos otros considerados hábiles habían despertado también en mí como una inquieta expectación de algo extraordinario y divino. Después hablé de ello con otros que decían haber comprendido esa obra solo con gran dificultad, con ayuda de excelentes maestros, no solo mediante explicaciones orales, sino también con figuras trazadas en la arena, y no pudieron enseñarme nada que mi lectura solitaria no me hubiera hecho conocer.
Y esas categorías me parecían hablar con bastante claridad de las sustancias, por ejemplo, el hombre; y de lo que hay en ellas, como la figura del hombre; de cómo es, de cuál es su tamaño, su altura, de quién es hermano o pariente, dónde está establecido, cuándo nació; si está de pie, sentado, calzado o armado; si actúa o padece; en fin, de todo lo que está comprendido, ya sea en esos nueve géneros, de los que he mencionado algunos ejemplos, o en el género mismo de la sustancia, cuyos ejemplos son innumerables.
¿De qué bien me servía, o más bien qué mal no me hacía ese conocimiento? Quería que todo lo que existe quedara comprendido en esos diez predicamentos; y a Ti mismo, ¿cómo Te concebía, Dios mío, simplicidad, inmutabilidad perfecta? Mi pensamiento material se figuraba Tu grandeza y Tu belleza reunidas en Ti como el accidente en el sujeto; como si Tú mismo no fueras Tu grandeza y Tu belleza, mientras que el cuerpo no recibe de su esencia corporal su grandeza y su belleza; pues, aunque fuera menos grande y menos bello, ¿dejaría por eso de ser cuerpo? ¡Quimera era todo lo que pensaba de Ti, y no verdad; invenciones de mi miseria, y no realidades de Tu beatitud! Y Tu orden se cumplía en mí: «la tierra me producía cardos y espinas; solo podía ganar mi pan a costa de mis sudores».
Gén., III, 18, 19.
¿Y de qué me servía haber leído y comprendido por mí mismo todo lo que había podido leer en los libros sobre las artes que llaman liberales, infame esclavo de mis pasiones? Me complacía en esas lecturas, sin reconocer de dónde provenía todo lo que había en ellas de verdadero y cierto. Daba la espalda a la luz y el rostro a los objetos iluminados, y mis ojos, que los veían luminosos, no recibían ellos mismos el rayo. Todo lo que comprendí, sin esfuerzo y sin maestro, del arte de hablar y razonar, de la geometría, de la música y de los números, Tú lo sabes, Señor, Dios mío. Esa pronta y penetrante agudeza de la inteligencia es un don de Tu generosidad; pero, lejos de ofrecerte un sacrificio por ella, no me serví de ella sino para mi perdición. Reclamé la mejor parte de mi herencia y, al retirarla de Tus manos, «me fui a una tierra extranjera» para prodigarla lejos de Ti a los caprichos de las pasiones, esas locas cortesanas. ¿De qué me servía un bien semejante, si hacía tan mal uso de él? Pues solo advertía las dificultades que esas ciencias ofrecían a los espíritus más perspicaces y estudiosos cuando intentaba darles solución; y el más inteligente era el que menos tardaba en seguir mis explicaciones.
¿Y de qué me servía haber leído y comprendido por mí mismo todo lo que había podido leer en los libros sobre las artes que llaman liberales, infame esclavo de mis pasiones? Me complacía en esas lecturas, sin reconocer de dónde provenía todo lo que había en ellas de verdadero y cierto. Daba la espalda a la luz y el rostro a los objetos iluminados, y mis ojos, que los veían luminosos, no recibían ellos mismos el rayo. Todo lo que comprendí, sin esfuerzo y sin maestro, del arte de hablar y razonar, de la geometría, de la música y de los números, Tú lo sabes, Señor, Dios mío. Esa pronta y penetrante agudeza de la inteligencia es un don de Tu generosidad; pero, lejos de ofrecerte un sacrificio por ella, no me serví de ella sino para mi perdición. Reclamé la mejor parte de mi herencia y, al retirarla de Tus manos, «me fui a una tierra extranjera» para prodigarla lejos de Ti a los caprichos de las pasiones, esas locas cortesanas. ¿De qué me servía un bien semejante, si hacía tan mal uso de él? Pues solo advertía las dificultades que esas ciencias ofrecían a los espíritus más perspicaces y estudiosos cuando intentaba darles solución; y el más inteligente era el que menos tardaba en seguir mis explicaciones.
Lucas, XV, 12, 13.
¿Y qué me quedaba aún, puesto que Te consideraba, Señor, Dios mío, verdad suprema, como un cuerpo luminoso e inmenso, y a mí como un fragmento de ese cuerpo? ¡Oh exceso de perversidad! ¡He aquí, pues, dónde me encontraba! Y no me avergüenzo, Dios mío, de confesar Tus misericordias conmigo y de invocarte, yo que entonces no me avergonzaba de profesar públicamente mis blasfemias y de ladrar contra Ti. ¿Y de qué me servía ese genio que devoraba la ciencia? ¿De qué me servía haber resuelto, sin ayuda de ningún maestro, las obras más inextricables, cuando una ignorancia vergonzosa y sacrílega me alejaba tanto de las doctrinas de la piedad? Y para Tus pequeños, ¿era acaso un perjuicio tan grande la lentitud de su espíritu, si, permaneciendo siempre cerca de Ti, esperaban seguros, en el nido de Tu Iglesia, la llegada de sus plumas, esas alas de la caridad que hace crecer el alimento de una fe santa?
¡Oh Señor, oh Dios mío! «esperemos al abrigo de Tus alas; protégenos, llévanos». Tú nos llevarás siendo pequeños, «y nos llevarás hasta las canas», porque nuestra fuerza solo es fuerza contigo; no es más que debilidad cuando estamos solos. Todo nuestro bien vive en Ti, y nuestra separación de Ti ha causado nuestra corrupción. Volvamos a Ti, Señor, para no apartarnos ya mortalmente. En Ti vive nuestro bien, el bien perfecto, que eres Tú mismo. ¿Temeremos no volver a encontrar, al regresar, la morada de la que nos precipitamos? ¿Se habrá derrumbado en nuestra ausencia esa morada que es Tu eternidad?
¿Y qué me quedaba aún, puesto que Te consideraba, Señor, Dios mío, verdad suprema, como un cuerpo luminoso e inmenso, y a mí como un fragmento de ese cuerpo? ¡Oh exceso de perversidad! ¡He aquí, pues, dónde me encontraba! Y no me avergüenzo, Dios mío, de confesar Tus misericordias conmigo y de invocarte, yo que entonces no me avergonzaba de profesar públicamente mis blasfemias y de ladrar contra Ti. ¿Y de qué me servía ese genio que devoraba la ciencia? ¿De qué me servía haber resuelto, sin ayuda de ningún maestro, las obras más inextricables, cuando una ignorancia vergonzosa y sacrílega me alejaba tanto de las doctrinas de la piedad? Y para Tus pequeños, ¿era acaso un perjuicio tan grande la lentitud de su espíritu, si, permaneciendo siempre cerca de Ti, esperaban seguros, en el nido de Tu Iglesia, la llegada de sus plumas, esas alas de la caridad que hace crecer el alimento de una fe santa?
¡Oh Señor, oh Dios mío! «esperemos al abrigo de Tus alas; protégenos, llévanos». Tú nos llevarás siendo pequeños, «y nos llevarás hasta las canas», porque nuestra fuerza solo es fuerza contigo; no es más que debilidad cuando estamos solos. Todo nuestro bien vive en Ti, y nuestra separación de Ti ha causado nuestra corrupción. Volvamos a Ti, Señor, para no apartarnos ya mortalmente. En Ti vive nuestro bien, el bien perfecto, que eres Tú mismo. ¿Temeremos no volver a encontrar, al regresar, la morada de la que nos precipitamos? ¿Se habrá derrumbado en nuestra ausencia esa morada que es Tu eternidad?