Había dedicado este libro al orador Hierio. Estima por los ausentes. ¿De dónde viene?
¡Ah! ¿Quién pudo llevarme entonces, Señor Dios mío, a dedicarlo a Hierio, orador de Roma? Ni siquiera lo conocía de vista; lo amaba por su brillante reputación de sabiduría, y me habían referido algunas palabras suyas que me habían agradado. Pero, en realidad, lo que determinaba mi admiración era la estima de los demás y el entusiasmo que les inspiraba un sirio, iniciado primero en las letras griegas, para convertirse más tarde en modelo de elocuencia latina y de erudición filosófica. ¡Y bien! Se oye elogiar a un hombre y se lo ama enseguida, aunque esté ausente. ¿Acaso el amor pasa de la boca del panegirista al corazón del oyente? No; pero el amor de uno enciende el amor del otro. Se ama al objeto de la alabanza cuando se está seguro de que esta brota del corazón y de que el afecto la inspira.
Así amaba yo entonces a los hombres, según los juicios de los hombres, y no según el Tuyo, que nunca engaña, ¡oh Dios mío! Y, sin embargo, mis elogios no tenían nada en común con los que se conceden a un hábil cochero, a un cazador del anfiteatro honrado con el favor popular; mi estima era de otro orden, era seria, y elogiaba como yo habría deseado que me elogiaran. Ahora bien, no tenía el menor deseo de ser amado y elogiado como los histriones, aunque yo fuera el primero en elogiarlos y amarlos; prefería el anonimato a semejante fama, el odio a semejantes favores. Pero ¿cómo puede mantenerse en una misma alma el equilibrio de esos afectos diferentes y contrarios? ¿Cómo puedo amar en ese hombre lo que odio en mí, lo que rechazo tan lejos de mí, siendo yo un hombre como él? Tú no querrías ser, aunque pudieras, ese buen caballo que amas; pero ¿puedes decir lo mismo del histrión, tu semejante? ¿amo, entonces, en otro hombre lo que odiaría ser yo mismo, siendo yo un hombre? ¡Abismo inmenso que es el hombre, cuyos mismos cabellos tienes contados, Señor, y no dejas que se pierda ni uno solo; y, sin embargo, es más fácil contarlos que las afecciones y los movimientos de su corazón!
¡Ah! ¿Quién pudo llevarme entonces, Señor Dios mío, a dedicarlo a Hierio, orador de Roma? Ni siquiera lo conocía de vista; lo amaba por su brillante reputación de sabiduría, y me habían referido algunas palabras suyas que me habían agradado. Pero, en realidad, lo que determinaba mi admiración era la estima de los demás y el entusiasmo que les inspiraba un sirio, iniciado primero en las letras griegas, para convertirse más tarde en modelo de elocuencia latina y de erudición filosófica. ¡Y bien! Se oye elogiar a un hombre y se lo ama enseguida, aunque esté ausente. ¿Acaso el amor pasa de la boca del panegirista al corazón del oyente? No; pero el amor de uno enciende el amor del otro. Se ama al objeto de la alabanza cuando se está seguro de que esta brota del corazón y de que el afecto la inspira.
Así amaba yo entonces a los hombres, según los juicios de los hombres, y no según el Tuyo, que nunca engaña, ¡oh Dios mío! Y, sin embargo, mis elogios no tenían nada en común con los que se conceden a un hábil cochero, a un cazador del anfiteatro honrado con el favor popular; mi estima era de otro orden, era seria, y elogiaba como yo habría deseado que me elogiaran. Ahora bien, no tenía el menor deseo de ser amado y elogiado como los histriones, aunque yo fuera el primero en elogiarlos y amarlos; prefería el anonimato a semejante fama, el odio a semejantes favores. Pero ¿cómo puede mantenerse en una misma alma el equilibrio de esos afectos diferentes y contrarios? ¿Cómo puedo amar en ese hombre lo que odio en mí, lo que rechazo tan lejos de mí, siendo yo un hombre como él? Tú no querrías ser, aunque pudieras, ese buen caballo que amas; pero ¿puedes decir lo mismo del histrión, tu semejante? ¿amo, entonces, en otro hombre lo que odiaría ser yo mismo, siendo yo un hombre? ¡Abismo inmenso que es el hombre, cuyos mismos cabellos tienes contados, Señor, y no dejas que se pierda ni uno solo; y, sin embargo, es más fácil contarlos que las afecciones y los movimientos de su corazón!
En cuanto a aquel retórico, el sentimiento que tenía por él era tal que me hacía envidiar ser lo que él era; mis vanas presunciones me extraviaban, y yo flotaba a todos los vientos, sin dejar de ser gobernado secretamente por Ti. ¿Y de dónde aprendí, y cómo puedo confesarte con certeza que mi amor por aquel hombre lo tomaba más del amor de sus admiradores que de las razones mismas de sus elogios? En efecto, si en vez de elogiarlo lo hubieran censurado, y aquellos mismos motivos de alabanza hubieran sido motivo de censura y desprecio, yo habría estado lejos de entusiasmarme por él. Y, sin embargo, el hombre y las cosas seguían siendo los mismos; solo había cambiado la opinión. Así cae el alma débil que todavía no se sostiene sobre la base firme de la verdad. Al soplo caprichoso de la opinión, va, se inclina, gira y vuelve; la luz se le oculta y ya no distingue la verdad, ¡la verdad que está ante ella!
Y para mí era un triunfo que mi discurso y mis estudios llegaran a conocimiento de aquel hombre. Si me aprobaba, redoblaba mi ardor; si no, mi corazón, lleno de vanidad y vacío de esa constancia que solo se encuentra en Ti, quedaba herido. Y, sin embargo, siempre me complacía meditar sobre lo bello y lo conveniente, tema del libro que le había dedicado, y mi admiración alababa, sin encontrar eco, aquel monumento de mi pensamiento.
Y para mí era un triunfo que mi discurso y mis estudios llegaran a conocimiento de aquel hombre. Si me aprobaba, redoblaba mi ardor; si no, mi corazón, lleno de vanidad y vacío de esa constancia que solo se encuentra en Ti, quedaba herido. Y, sin embargo, siempre me complacía meditar sobre lo bello y lo conveniente, tema del libro que le había dedicado, y mi admiración alababa, sin encontrar eco, aquel monumento de mi pensamiento.