El alma no puede encontrar su descanso en las criaturas.
«Dios de los ejércitos, conviértenos, muéstranos Tu rostro y seremos salvados». Fuera de Ti, ¿adónde puede volverse el alma del hombre sin apoyarse en un dolor, por hermosas que sean las criaturas en las que, lejos de sí misma y de Ti, busca su descanso? Pero esas bellezas que nacen y perecen no serían nada si no fueran Tuyas. Al nacer, comienzan a existir; crecen hasta alcanzar su perfección; llegadas a ella, envejecen y mueren, pues todo envejece y todo muere. Así, apenas nacen, tienden a ser, y cuanto más se apresuran a crecer para ser, más se apresuran a dejar de ser. Tal es la condición de su existencia. Esta es la parte que les has asignado: forman un conjunto de cosas que nunca coexisten todas a la vez, sino que, al desaparecer y sucederse unas a otras, producen ese todo del que forman parte. ¿Y no es así como se desarrolla nuestro discurso mediante signos y sonidos? Nunca existirá en su totalidad si cada palabra no desaparece, después de haber cumplido su función, para que otra la suceda.
Sal. LXXIX, 4.
Que mi alma Te alabe por tales obras, Dios, su Creador, pero que no se quede apegada a ellas por el señuelo de ese amor que cautiva los sentidos, pues siempre avanzan hacia aquello hacia lo que avanzaban: dejar de ser, y desgarran con deseos perniciosos el alma ávida de descansar en lo que ama. Pero ¿puede el alma encontrar su descanso en su inestabilidad? Huyen, y el instante mismo de su presencia escapa al sentido carnal. Lento es el sentido de la carne, porque es el sentido de la carne y propio de la carne. Basta para su propósito, pero es impotente para captar lo que corre de un punto señalado a otro. Pues Tu Verbo creador dice a lo creado: «Irás de aquí allá».
«Dios de los ejércitos, conviértenos, muéstranos Tu rostro y seremos salvados». Fuera de Ti, ¿adónde puede volverse el alma del hombre sin apoyarse en un dolor, por hermosas que sean las criaturas en las que, lejos de sí misma y de Ti, busca su descanso? Pero esas bellezas que nacen y perecen no serían nada si no fueran Tuyas. Al nacer, comienzan a existir; crecen hasta alcanzar su perfección; llegadas a ella, envejecen y mueren, pues todo envejece y todo muere. Así, apenas nacen, tienden a ser, y cuanto más se apresuran a crecer para ser, más se apresuran a dejar de ser. Tal es la condición de su existencia. Esta es la parte que les has asignado: forman un conjunto de cosas que nunca coexisten todas a la vez, sino que, al desaparecer y sucederse unas a otras, producen ese todo del que forman parte. ¿Y no es así como se desarrolla nuestro discurso mediante signos y sonidos? Nunca existirá en su totalidad si cada palabra no desaparece, después de haber cumplido su función, para que otra la suceda.
Sal. LXXIX, 4.
Que mi alma Te alabe por tales obras, Dios, su Creador, pero que no se quede apegada a ellas por el señuelo de ese amor que cautiva los sentidos, pues siempre avanzan hacia aquello hacia lo que avanzaban: dejar de ser, y desgarran con deseos perniciosos el alma ávida de descansar en lo que ama. Pero ¿puede el alma encontrar su descanso en su inestabilidad? Huyen, y el instante mismo de su presencia escapa al sentido carnal. Lento es el sentido de la carne, porque es el sentido de la carne y propio de la carne. Basta para su propósito, pero es impotente para captar lo que corre de un punto señalado a otro. Pues Tu Verbo creador dice a lo creado: «Irás de aquí allá».