Contra las fábulas impúdicas.
Pero, ¡ay de ti, torrente de la costumbre! ¿Quién te resistirá? ¿No llegarás nunca a secarte? ¿Hasta cuándo arrastrarás a los hijos de Eva por este mar profundo y terrible que los pasajeros de la cruz atraviesan con gran dificultad? ¿No me mostraste a Júpiter tronando y adúltero a la vez? No podía ser lo uno y lo otro; pero se quería autorizar la imitación de un verdadero adulterio mediante la ficción de un trueno mentiroso. ¿Habrá uno solo de esos maestros envueltos con tanta dignidad cuya mente esté lo bastante despejada para escuchar este grito de verdad que sale de un hombre formado en el polvo de sus escuelas: «¡Invención de Homero! ¡Humaniza a los dioses! ¡Más le hubiera valido divinizar a los hombres»! Pero la verdad es que el poeta, en sus ficciones, asimilaba a los dioses a los hombres criminales, para que el crimen dejara de considerarse crimen y, al cometerlo, pareciera que se imitaba ya no a los hombres perdidos, sino a los dioses del cielo.
Cic., _Tuscul._, 1.
Y, sin embargo, ¡oh torrente infernal!, en ti se sumergen los hijos de los hombres; pagan por tales lecciones; las honran con la publicidad del foro; se enseñan a la vista de las leyes que, a las recompensas privadas, añaden la paga pública; y tú haces rodar tus guijarros con estrépito, gritando: Aquí se aprende la lengua; aquí se adquiere la elocuencia necesaria para desarrollar y persuadir acerca del propio pensamiento. ¿Acaso nunca habríamos sabido «lluvia de oro, seno de mujer, engaño, bóvedas celestes» y otras expresiones semejantes del mismo pasaje si Terencio no hubiera llevado a escena a un joven libertino que se proponía a Júpiter como modelo de impudicia, encantado de ver pintado en una pared «cómo el dios vierte una lluvia de oro en el seno de Dánae y engaña a esta mujer»? Miren cómo se enardece en el libertinaje siguiendo este ejemplo divino. «¡Y qué Dios, además! —exclama—. El que hace temblar con su trueno la profunda bóveda de los cielos. Yo, un pigmeo, me avergonzaría de imitarlo. No, no, lo he imitado, y de todo corazón».
Pero, ¡ay de ti, torrente de la costumbre! ¿Quién te resistirá? ¿No llegarás nunca a secarte? ¿Hasta cuándo arrastrarás a los hijos de Eva por este mar profundo y terrible que los pasajeros de la cruz atraviesan con gran dificultad? ¿No me mostraste a Júpiter tronando y adúltero a la vez? No podía ser lo uno y lo otro; pero se quería autorizar la imitación de un verdadero adulterio mediante la ficción de un trueno mentiroso. ¿Habrá uno solo de esos maestros envueltos con tanta dignidad cuya mente esté lo bastante despejada para escuchar este grito de verdad que sale de un hombre formado en el polvo de sus escuelas: «¡Invención de Homero! ¡Humaniza a los dioses! ¡Más le hubiera valido divinizar a los hombres»! Pero la verdad es que el poeta, en sus ficciones, asimilaba a los dioses a los hombres criminales, para que el crimen dejara de considerarse crimen y, al cometerlo, pareciera que se imitaba ya no a los hombres perdidos, sino a los dioses del cielo.
Cic., _Tuscul._, 1.
Y, sin embargo, ¡oh torrente infernal!, en ti se sumergen los hijos de los hombres; pagan por tales lecciones; las honran con la publicidad del foro; se enseñan a la vista de las leyes que, a las recompensas privadas, añaden la paga pública; y tú haces rodar tus guijarros con estrépito, gritando: Aquí se aprende la lengua; aquí se adquiere la elocuencia necesaria para desarrollar y persuadir acerca del propio pensamiento. ¿Acaso nunca habríamos sabido «lluvia de oro, seno de mujer, engaño, bóvedas celestes» y otras expresiones semejantes del mismo pasaje si Terencio no hubiera llevado a escena a un joven libertino que se proponía a Júpiter como modelo de impudicia, encantado de ver pintado en una pared «cómo el dios vierte una lluvia de oro en el seno de Dánae y engaña a esta mujer»? Miren cómo se enardece en el libertinaje siguiendo este ejemplo divino. «¡Y qué Dios, además! —exclama—. El que hace temblar con su trueno la profunda bóveda de los cielos. Yo, un pigmeo, me avergonzaría de imitarlo. No, no, lo he imitado, y de todo corazón».
_Eunuch._, Act. III, esc. 5.
Estas impurezas no nos ayudan en nada a retener tales palabras, pero estas palabras alientan la impureza. No acuso a las palabras, vasos preciosos y escogidos, sino al vino del error que en ellas nos servían unos maestros ebrios. Si no bebíamos, nos golpeaban, y no se nos permitía apelar a un juez sobrio. Y, sin embargo, Dios mío, ante Quien mi alma evoca ahora sus recuerdos sin alarma, yo aprendía esto con gusto, me complacía en ello, desdichado; por eso me llamaban un niño de grandes esperanzas.
Estas impurezas no nos ayudan en nada a retener tales palabras, pero estas palabras alientan la impureza. No acuso a las palabras, vasos preciosos y escogidos, sino al vino del error que en ellas nos servían unos maestros ebrios. Si no bebíamos, nos golpeaban, y no se nos permitía apelar a un juez sobrio. Y, sin embargo, Dios mío, ante Quien mi alma evoca ahora sus recuerdos sin alarma, yo aprendía esto con gusto, me complacía en ello, desdichado; por eso me llamaban un niño de grandes esperanzas.