La grandeza de Dios.
«Grande eres, Señor, e infinitamente digno de alabanza; grande es Tu poder, y no hay medida para Tu sabiduría». Y eres Tú a Quien el hombre quiere alabar, mísera parte de Tu creación, ser de barro, que lleva consigo su mortalidad y, con ella, el testimonio de su pecado y la prueba elocuente de que Tú, Dios que eres, resistes a los soberbios. ¡Y, sin embargo, quiere alabarte ese hombre, mísera parte de Tu creación! Lo incitas a complacerse en Tus alabanzas, porque nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.
Sal. XCV, 4, y CXLVI, 5.
Concédeme, Señor, saber y comprender si nuestro primer acto es invocarte o alabarte, y si es preciso, antes, conocerte o invocarte. Pero ¿quién Te invoca sin conocerte? En esa ignorancia se puede invocar a otro que no seas Tú. O más bien, ¿no se Te invoca para conocerte? «Pero ¿es posible sin creer? ¿Y cómo creer sin un apóstol?». Y: «Alabarán al Señor quienes lo buscan». Porque, al buscarlo, lo encontrarán, y al encontrarlo, lo alabarán. Que Te busque, Señor, invocándote, y que Te invoque creyendo en Ti, pues nos han hablado de Ti. Mi fe Te invoca, Señor, esa fe que me diste, que me inspiraste por medio de la humanidad de Tu Hijo y del ministerio de Tu apóstol.
«Grande eres, Señor, e infinitamente digno de alabanza; grande es Tu poder, y no hay medida para Tu sabiduría». Y eres Tú a Quien el hombre quiere alabar, mísera parte de Tu creación, ser de barro, que lleva consigo su mortalidad y, con ella, el testimonio de su pecado y la prueba elocuente de que Tú, Dios que eres, resistes a los soberbios. ¡Y, sin embargo, quiere alabarte ese hombre, mísera parte de Tu creación! Lo incitas a complacerse en Tus alabanzas, porque nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.
Sal. XCV, 4, y CXLVI, 5.
Concédeme, Señor, saber y comprender si nuestro primer acto es invocarte o alabarte, y si es preciso, antes, conocerte o invocarte. Pero ¿quién Te invoca sin conocerte? En esa ignorancia se puede invocar a otro que no seas Tú. O más bien, ¿no se Te invoca para conocerte? «Pero ¿es posible sin creer? ¿Y cómo creer sin un apóstol?». Y: «Alabarán al Señor quienes lo buscan». Porque, al buscarlo, lo encontrarán, y al encontrarlo, lo alabarán. Que Te busque, Señor, invocándote, y que Te invoque creyendo en Ti, pues nos han hablado de Ti. Mi fe Te invoca, Señor, esa fe que me diste, que me inspiraste por medio de la humanidad de Tu Hijo y del ministerio de Tu apóstol.