De la proposición del misterio; tercer punto de la preparación.
Después de estos dos puntos ordinarios de la preparación, hay un tercero que no es común a toda clase de meditaciones y que se llama composición del lugar o representación interior. No es otra cosa que cierto ejercicio de la imaginación, mediante el cual uno se forma un cuadro del misterio o del hecho que medita, como si sucediera realmente ante nuestros ojos. Por ejemplo, si usted quiere meditar sobre Nuestro Señor en la cruz, se imaginará que está en el monte Calvario y que asiste a todo lo que se dijo e hizo el día de la Pasión; o bien, que es lo mismo, se imaginará que, en el lugar mismo donde usted está, tiene lugar la crucifixión de Nuestro Señor, con todas las circunstancias descritas por los evangelistas. Lo mismo digo cuando usted medite sobre la muerte, como lo indiqué en la meditación que trata de ella, así como cuando medite sobre el infierno o sobre cualquier otro asunto semejante en el que se trate de cosas visibles y sensibles; pues, en cuanto a los demás, que tratan de cosas invisibles, como la grandeza de Dios, la excelencia de las virtudes y el fin de nuestra creación, no se trata de querer emplear este método. Es verdad que todavía se pueden utilizar algunas comparaciones para hacer más fáciles las consideraciones, pero eso también tiene sus dificultades, y no quiero tratar con usted sino de manera muy sencilla y de modo que su espíritu no se fatigue demasiado inventando cosas. Ahora bien, mediante la imaginación, encerramos nuestro espíritu en el misterio que queremos meditar e impedimos así que vaya de aquí para allá, más o menos como se hace con un pájaro al encerrarlo en una jaula, o con un halcón al atarlo a sus correas, para que permanezca sobre el puño. Algunos le dirán, sin embargo, que es mejor, al representar los misterios, valerse del simple pensamiento de la fe y de la simple mirada del espíritu, o bien considerar que las cosas suceden en su espíritu. Pero esto es demasiado sutil para el comienzo y, hasta que Dios la eleve más alto, le aconsejo, Filotea, que permanezca sencillamente en el valle bajo que le indico.