Breve método para meditar bien. Y, ante todo, sobre la presencia de Dios; primer punto de la preparación.
Pero quizá no sepa, Filotea, cómo se ha de hacer la oración mental, pues, por desgracia, es algo muy poco conocido entre la gente de nuestro siglo. He aquí, pues, un método sencillo y breve que le propongo para ello, mientras que, mediante la lectura de varios excelentes libros que se han escrito sobre este tema y, sobre todo, por su propia experiencia, pueda instruirse más ampliamente.
Le hablo primero de la preparación, que consta de dos puntos, a saber: ponerse en presencia de Dios y, después, invocar Su auxilio.
Ahora bien, para ponerse en presencia de Dios, le propongo cuatro medios principales, de los cuales podrá servirse provechosamente al principio.
Pero quizá no sepa, Filotea, cómo se ha de hacer la oración mental, pues, por desgracia, es algo muy poco conocido entre la gente de nuestro siglo. He aquí, pues, un método sencillo y breve que le propongo para ello, mientras que, mediante la lectura de varios excelentes libros que se han escrito sobre este tema y, sobre todo, por su propia experiencia, pueda instruirse más ampliamente.
Le hablo primero de la preparación, que consta de dos puntos, a saber: ponerse en presencia de Dios y, después, invocar Su auxilio.
Ahora bien, para ponerse en presencia de Dios, le propongo cuatro medios principales, de los cuales podrá servirse provechosamente al principio.
Lo primero consiste en compenetrarse bien de la inmensidad de Dios, es decir, en llenarse bien de este pensamiento: que Dios está en todo y en todas partes, y que no hay lugar ni cosa en el mundo donde Él no esté presente de una manera muy verdadera; de modo que, así como las aves encuentran el aire por todas partes, hacia dondequiera que se vuelvan, del mismo modo nosotros encontramos a Dios en todas partes, adondequiera que vayamos o dondequiera que estemos. Esta es una verdad que todos conocen, pero a la que no se presta suficiente atención. Los ciegos, aunque no ven a un príncipe que está presente, no dejan de guardar respeto si se les advierte de su presencia; pero lo cierto es que, como no lo ven, olvidan fácilmente que está presente, y, una vez que lo han olvidado, pierden aún más fácilmente el respeto que se le debe. ¡Ay, Filotea! No vemos a Dios, que está presente, y aunque la fe nos advierte de Su presencia, como nuestros ojos no lo ven, muy a menudo nos olvidamos de Él y nos comportamos como si estuviera muy lejos de nosotros. Pues, aunque sepamos que Él está presente en todas partes, si de hecho no pensamos en ello, es como si no lo supiéramos. Por eso, siempre antes de la oración, hay que mover nuestra alma a pensar con fuerza y atención en esta presencia de Dios. Esto era precisamente lo que ocupaba a David cuando exclamaba: _Si subo al Cielo, oh Dios mío, allí estás Tú; si bajo a los infiernos, también allí estás Tú._ También podemos servirnos de las palabras de Jacob, quien, después de haber visto la escala sagrada, dijo: _¡Qué terrible es este lugar! Verdaderamente Dios está aquí, y yo no lo sabía._ Quiere decir que no pensaba en ello, pues no podía ignorar que Dios está en todo y en todas partes. Por tanto, al disponerse a orar, usted debe decir con todo su corazón y a su corazón: ¡Oh corazón mío, corazón mío! Dios está verdaderamente aquí.
El segundo medio para ponerse en esta santa presencia consiste en pensar que Dios no solo está en el lugar donde usted se encuentra, sino que también está muy particularmente en su corazón y en lo más profundo de su espíritu, al que anima y vivifica con Su divina presencia, estando allí como el corazón de su corazón y el espíritu de su espíritu. Pues así como el alma, al estar extendida por todo el cuerpo, está presente en todos sus puntos y, sin embargo, reside en el corazón de manera especial, del mismo modo, aunque Dios está muy presente en todas las cosas, llena nuestro espíritu con una presencia más perfecta. Por eso David llamaba a Dios «el Dios de su corazón», y san Pablo, al hablar también de Dios, decía que «en Él tenemos la vida, el movimiento y el ser». Teniendo, pues, bien presente esta verdad, usted despertará en su corazón un gran respeto por Dios, que está tan íntimamente presente en él.
El tercer medio consiste en contemplar a nuestro Salvador en Su santa humanidad, mirando desde lo alto del Cielo a todas las personas del mundo, pero más particularmente a los cristianos, que son Sus hijos, y más particularmente aún a quienes están orando, cuyas acciones y faltas Él observa. Ahora bien, esto no es una simple imaginación mía, sino una verdad positiva; pues, aunque no lo veamos como san Esteban en el momento de su martirio, no por eso es menos cierto que, desde lo alto de Su gloria, Él tiene constantemente los ojos fijos en nosotros. Podemos, pues, decir con la esposa del Cantar: «Es Él mismo quien está detrás de nuestro muro, mirando por la ventana y a través de la celosía».
El tercer medio consiste en contemplar a nuestro Salvador en Su santa humanidad, mirando desde lo alto del Cielo a todas las personas del mundo, pero más particularmente a los cristianos, que son Sus hijos, y más particularmente aún a quienes están orando, cuyas acciones y faltas Él observa. Ahora bien, esto no es una simple imaginación mía, sino una verdad positiva; pues, aunque no lo veamos como san Esteban en el momento de su martirio, no por eso es menos cierto que, desde lo alto de Su gloria, Él tiene constantemente los ojos fijos en nosotros. Podemos, pues, decir con la esposa del Cantar: «Es Él mismo quien está detrás de nuestro muro, mirando por la ventana y a través de la celosía».
La cuarta manera consiste simplemente en imaginar que el Salvador está presente a nuestro lado en Su santa humanidad, como solemos representarnos a nuestros amigos, y decir: Me imagino ver a alguien hacer esto y aquello; me parece que lo veo, o alguna otra cosa semejante. Pero si el Santísimo Sacramento del altar estuviera presente, entonces esta presencia sería real y no puramente imaginaria; pues las especies y apariencias del pan son como un tapiz detrás del cual Nuestro Señor se esconde, y desde donde nos ve y nos observa muy bien, aunque no lo veamos en Su propia forma. Usted usará, pues, uno de estos cuatro medios para poner su alma en presencia de Dios antes de la oración, y no piense en querer emplearlos todos juntos, sino uno solo a la vez, y aun así brevemente y con sencillez.