¡Felices niños pequeños! ¡Con qué ternura
el Rey de los cielos
los bendijo antaño y colmó de caricias
sus frentes alegres!
Eran la figura de todos los Inocentes,
y vislumbro
los bienes que, en el cielo, les concede sin medida
el Rey de reyes.
Contemplaron las inmensas riquezas
del paraíso,
antes de conocer nuestras amargas tristezas,
¡queridos lirios pequeños!
¡Oh, capullos perfumados, segados al amanecer
por el Señor…!
El dulce sol de amor que supo hacerlos florecer
¡fue Su Corazón!
¡Qué cuidados inefables, qué ternura exquisita
y qué amor
les prodiga aquí abajo nuestra Madre la Iglesia,
niños de un día!
En sus brazos maternales fueron ofrecidos a Dios
como primicias.
Por toda la eternidad serán las delicias
del hermoso cielo azul.
Niños, ustedes forman el cortejo virginal
del dulce Cordero;
y pueden entonar, ¡privilegio asombroso!,
un canto nuevo.
Han alcanzado la gloria de los vencedores
sin luchar;
el Salvador obtuvo para ustedes la victoria,
¡encantadores vencedores!
No se ven piedras preciosas brillando
en sus cabellos;
solo el reflejo dorado de sus rizos sedosos
embelesa los cielos…
Los tesoros de los elegidos, sus palmas, sus coronas,
¡todo es suyo!
En la santa patria, niños, sus ricos tronos
son las rodillas de ellos.
Juntos juegan con los angelitos
cerca del altar;
y sus cantos infantiles, graciosas falanges,
¡encantan el cielo!
El buen Dios les enseña cómo hace las rosas,
el pájaro, los vientos;
ningún genio de aquí abajo sabe tantas cosas
como ustedes, ¡niños!
Del firmamento azul, levantando todos los velos
misteriosos,
con sus manitas toman las estrellas
de mil destellos.
Al correr dejan una huella plateada;
a menudo, por la noche,
cuando veo la blancura de la Vía Láctea,
creo verlos…
En los brazos de María, después de todas sus fiestas,
corren hacia Ella;
bajo Su velo estrellado, ocultando sus rubias cabezas,
se duermen…
el Rey de los cielos
los bendijo antaño y colmó de caricias
sus frentes alegres!
Eran la figura de todos los Inocentes,
y vislumbro
los bienes que, en el cielo, les concede sin medida
el Rey de reyes.
Contemplaron las inmensas riquezas
del paraíso,
antes de conocer nuestras amargas tristezas,
¡queridos lirios pequeños!
¡Oh, capullos perfumados, segados al amanecer
por el Señor…!
El dulce sol de amor que supo hacerlos florecer
¡fue Su Corazón!
¡Qué cuidados inefables, qué ternura exquisita
y qué amor
les prodiga aquí abajo nuestra Madre la Iglesia,
niños de un día!
En sus brazos maternales fueron ofrecidos a Dios
como primicias.
Por toda la eternidad serán las delicias
del hermoso cielo azul.
Niños, ustedes forman el cortejo virginal
del dulce Cordero;
y pueden entonar, ¡privilegio asombroso!,
un canto nuevo.
Han alcanzado la gloria de los vencedores
sin luchar;
el Salvador obtuvo para ustedes la victoria,
¡encantadores vencedores!
No se ven piedras preciosas brillando
en sus cabellos;
solo el reflejo dorado de sus rizos sedosos
embelesa los cielos…
Los tesoros de los elegidos, sus palmas, sus coronas,
¡todo es suyo!
En la santa patria, niños, sus ricos tronos
son las rodillas de ellos.
Juntos juegan con los angelitos
cerca del altar;
y sus cantos infantiles, graciosas falanges,
¡encantan el cielo!
El buen Dios les enseña cómo hace las rosas,
el pájaro, los vientos;
ningún genio de aquí abajo sabe tantas cosas
como ustedes, ¡niños!
Del firmamento azul, levantando todos los velos
misteriosos,
con sus manitas toman las estrellas
de mil destellos.
Al correr dejan una huella plateada;
a menudo, por la noche,
cuando veo la blancura de la Vía Láctea,
creo verlos…
En los brazos de María, después de todas sus fiestas,
corren hacia Ella;
bajo Su velo estrellado, ocultando sus rubias cabezas,
se duermen…
Encantadores duendecillos, vuestra audacia infantil
Agrada al Señor;
Os atrevéis a acariciar Su adorable Rostro,
¡Qué favor!
A ustedes el Señor me dio como modelo,
¡Santos Inocentes!
Quiero ser aquí abajo su fiel imagen,
Niños pequeños.
¡Ah! Dignáos obtenerme las virtudes de la infancia;
Vuestra candidez,
Vuestro abandono perfecto, vuestra amable inocencia
Encantan mi corazón.
Oh Señor, Tú conoces los ardientes deseos
De mi alma exiliada:
Quisiera cosechar, hermoso Lirio del valle,
Lirios brillantes…
Estos capullos primaverales, los busco y los amo
Para Tu deleite;
Dígnate derramar sobre ellos el agua santa del bautismo:
¡Ven a recogerlos!
Sí, quiero aumentar la cándida falange
De los Inocentes;
Mi alegría y mis dolores, todo lo ofrezco a cambio
De almas de niños.
Entre estos Inocentes reclamo un lugar,
Rey de los elegidos,
Como ellos, quiero en el cielo besar Tu dulce Rostro,
¡Oh, Jesús mío!
Agrada al Señor;
Os atrevéis a acariciar Su adorable Rostro,
¡Qué favor!
A ustedes el Señor me dio como modelo,
¡Santos Inocentes!
Quiero ser aquí abajo su fiel imagen,
Niños pequeños.
¡Ah! Dignáos obtenerme las virtudes de la infancia;
Vuestra candidez,
Vuestro abandono perfecto, vuestra amable inocencia
Encantan mi corazón.
Oh Señor, Tú conoces los ardientes deseos
De mi alma exiliada:
Quisiera cosechar, hermoso Lirio del valle,
Lirios brillantes…
Estos capullos primaverales, los busco y los amo
Para Tu deleite;
Dígnate derramar sobre ellos el agua santa del bautismo:
¡Ven a recogerlos!
Sí, quiero aumentar la cándida falange
De los Inocentes;
Mi alegría y mis dolores, todo lo ofrezco a cambio
De almas de niños.
Entre estos Inocentes reclamo un lugar,
Rey de los elegidos,
Como ellos, quiero en el cielo besar Tu dulce Rostro,
¡Oh, Jesús mío!