¡Oh! Quisiera cantar, Madre, por qué te amo.
Por qué tu nombre tan dulce hace estremecerse a mi corazón.
Y por qué pensar en tu grandeza suprema
No puede inspirar temor a mi alma.
Si te contemplara en tu sublime gloria,
Y superando el resplandor de todos los bienaventurados;
No podría creer que soy tu hija…
María, ¡ah!, ante ti bajaría los ojos.
Es necesario, para que una niña pueda amar a su madre,
Que ella llore con ella, comparta sus dolores.
¡Oh Reina de mi corazón, en la orilla extranjera,
Para atraerme a ti, cuántas lágrimas derramaste!
Al meditar en tu vida escrita en el Evangelio,
Me atrevo a mirarte y a acercarme a ti;
No me resulta difícil creerme tu hija,
Pues te veo mortal y sufriendo como yo.
Cuando un Ángel del cielo te ofrece ser la Madre
Del Dios que debe reinar por toda la eternidad,
Te veo preferir, ¡qué misterio asombroso!,
El inefable tesoro de la virginidad.
Comprendo que tu alma, ¡oh Virgen inmaculada!,
Es más querida por el Señor que la morada divina.
Comprendo que tu alma, humilde y dulce valle,
Contiene a mi Jesús, ¡el Océano del amor!
Te amo, llamándote la pequeña sierva
Del Dios que cautivas con tu humildad.
Esta gran virtud te hace todopoderosa,
¡Ella atrae a la Santísima Trinidad a tu corazón!
Por qué tu nombre tan dulce hace estremecerse a mi corazón.
Y por qué pensar en tu grandeza suprema
No puede inspirar temor a mi alma.
Si te contemplara en tu sublime gloria,
Y superando el resplandor de todos los bienaventurados;
No podría creer que soy tu hija…
María, ¡ah!, ante ti bajaría los ojos.
Es necesario, para que una niña pueda amar a su madre,
Que ella llore con ella, comparta sus dolores.
¡Oh Reina de mi corazón, en la orilla extranjera,
Para atraerme a ti, cuántas lágrimas derramaste!
Al meditar en tu vida escrita en el Evangelio,
Me atrevo a mirarte y a acercarme a ti;
No me resulta difícil creerme tu hija,
Pues te veo mortal y sufriendo como yo.
Cuando un Ángel del cielo te ofrece ser la Madre
Del Dios que debe reinar por toda la eternidad,
Te veo preferir, ¡qué misterio asombroso!,
El inefable tesoro de la virginidad.
Comprendo que tu alma, ¡oh Virgen inmaculada!,
Es más querida por el Señor que la morada divina.
Comprendo que tu alma, humilde y dulce valle,
Contiene a mi Jesús, ¡el Océano del amor!
Te amo, llamándote la pequeña sierva
Del Dios que cautivas con tu humildad.
Esta gran virtud te hace todopoderosa,
¡Ella atrae a la Santísima Trinidad a tu corazón!
Entonces el Espíritu de amor cubriéndote con Su sombra,
El Hijo, igual al Padre, en ti se encarnó…
De Sus hermanos pecadores muy grande será el número,
¡Puesto que deberá llamarse: Jesús, tu primogénito!
María, ¡ah!, tú lo sabes, a pesar de mi pequeñez,
Como tú, poseo en mí al Todopoderoso.
Pero no tiemblo al ver mi debilidad:
El tesoro de la Madre pertenece al niño…
¡Y yo soy tu hija, oh Madre querida!
¿Acaso no son míos tus virtudes y tu amor?
Así también, cuando la blanca Hostia desciende a mi corazón,
¡Jesús, Tu dulce Cordero, cree descansar en ti!
Tú me haces sentir que no es imposible
Seguir tus pasos, oh Reina de los elegidos.
El estrecho camino del cielo lo has hecho visible
Practicando siempre las virtudes más humildes.
María, junto a ti me gusta ser pequeña;
Veo la vanidad de las grandezas de este mundo.
Al recibir tu visita santa Isabel,
Aprendo a practicar la ardiente caridad.
Allí, de rodillas, escucho, dulce Reina de los Ángeles,
El cántico sagrado que brota de tu corazón;
Me enseñas a cantar las divinas alabanzas,
A gloriarme en Jesús, mi Salvador.
Tus palabras de amor son rosas místicas
Que deben perfumar los siglos venideros:
En ti, el Todopoderoso ha hecho grandes cosas:
Quiero meditarlas, para bendecirLo por ellas.
Cuando el buen san José ignora el milagro
Que quisieras ocultar en tu humildad,
Lo dejas llorar muy cerca del tabernáculo
Que vela la divina belleza del Salvador.
¡Oh, cuánto amo todavía tu elocuente silencio!
Para mí, es un concierto dulce y melodioso
Que me habla de la grandeza y la omnipotencia
De un alma que no espera su ayuda sino de los cielos…
El Hijo, igual al Padre, en ti se encarnó…
De Sus hermanos pecadores muy grande será el número,
¡Puesto que deberá llamarse: Jesús, tu primogénito!
María, ¡ah!, tú lo sabes, a pesar de mi pequeñez,
Como tú, poseo en mí al Todopoderoso.
Pero no tiemblo al ver mi debilidad:
El tesoro de la Madre pertenece al niño…
¡Y yo soy tu hija, oh Madre querida!
¿Acaso no son míos tus virtudes y tu amor?
Así también, cuando la blanca Hostia desciende a mi corazón,
¡Jesús, Tu dulce Cordero, cree descansar en ti!
Tú me haces sentir que no es imposible
Seguir tus pasos, oh Reina de los elegidos.
El estrecho camino del cielo lo has hecho visible
Practicando siempre las virtudes más humildes.
María, junto a ti me gusta ser pequeña;
Veo la vanidad de las grandezas de este mundo.
Al recibir tu visita santa Isabel,
Aprendo a practicar la ardiente caridad.
Allí, de rodillas, escucho, dulce Reina de los Ángeles,
El cántico sagrado que brota de tu corazón;
Me enseñas a cantar las divinas alabanzas,
A gloriarme en Jesús, mi Salvador.
Tus palabras de amor son rosas místicas
Que deben perfumar los siglos venideros:
En ti, el Todopoderoso ha hecho grandes cosas:
Quiero meditarlas, para bendecirLo por ellas.
Cuando el buen san José ignora el milagro
Que quisieras ocultar en tu humildad,
Lo dejas llorar muy cerca del tabernáculo
Que vela la divina belleza del Salvador.
¡Oh, cuánto amo todavía tu elocuente silencio!
Para mí, es un concierto dulce y melodioso
Que me habla de la grandeza y la omnipotencia
De un alma que no espera su ayuda sino de los cielos…
Más tarde, en Belén, ¡oh José, oh María!
Los veo rechazados por todos los habitantes;
Nadie quiere recibir en su posada
A pobres extranjeros… ¡el lugar es para los grandes!
El lugar es para los grandes, y es en un establo
Donde la Reina de los cielos debe dar a luz a un Dios.
¡Oh Madre del Salvador, qué amable me pareces!
¡Qué grande te encuentro en un lugar tan pobre!
Cuando veo al Eterno envuelto en pañales,
Cuando del Verbo divino escucho el débil llanto…
María, en ese instante, ¿envidiaría yo a los Ángeles?
¡Su adorable Señor es mi querido Hermano!
¡Oh, cuánto Te bendigo, Tú que en nuestras riberas
Has hecho florecer esta divina Flor!
¡Cuánto Te amo, escuchando a los pastores y a los magos,
Y guardando con cuidado todas las cosas en Tu corazón!
Te amo mezclándote con las otras mujeres
Que, hacia el Templo santo, han dirigido sus pasos;
Te amo presentando al Salvador de nuestras almas
Al bienaventurado anciano que lo estrecha en sus brazos;
Primero, sonriendo, escucho su cántico;
Pero pronto sus acentos me hacen derramar lágrimas…
Dirigiendo hacia el futuro una mirada profética,
¡Simeón Te presenta una espada de dolores!
¡Oh Reina de los mártires, hasta el ocaso de tu vida
Esta dolorosa espada atravesará tu corazón.
Ya debes abandonar el suelo de tu patria,
Para evitar la furia celosa de un rey.
Jesús duerme en paz bajo los pliegues de Tu velo,
José viene a pedirte que partas de inmediato;
Y Tu obediencia se manifiesta enseguida:
Partes sin demora y sin razonar.
En la tierra de Egipto, me parece, oh María,
Que en la pobreza tu corazón permanece alegre;
Pues ¿acaso Jesús no es la patria más hermosa?
¿Qué te importa el exilio?… Posees los cielos.
Los veo rechazados por todos los habitantes;
Nadie quiere recibir en su posada
A pobres extranjeros… ¡el lugar es para los grandes!
El lugar es para los grandes, y es en un establo
Donde la Reina de los cielos debe dar a luz a un Dios.
¡Oh Madre del Salvador, qué amable me pareces!
¡Qué grande te encuentro en un lugar tan pobre!
Cuando veo al Eterno envuelto en pañales,
Cuando del Verbo divino escucho el débil llanto…
María, en ese instante, ¿envidiaría yo a los Ángeles?
¡Su adorable Señor es mi querido Hermano!
¡Oh, cuánto Te bendigo, Tú que en nuestras riberas
Has hecho florecer esta divina Flor!
¡Cuánto Te amo, escuchando a los pastores y a los magos,
Y guardando con cuidado todas las cosas en Tu corazón!
Te amo mezclándote con las otras mujeres
Que, hacia el Templo santo, han dirigido sus pasos;
Te amo presentando al Salvador de nuestras almas
Al bienaventurado anciano que lo estrecha en sus brazos;
Primero, sonriendo, escucho su cántico;
Pero pronto sus acentos me hacen derramar lágrimas…
Dirigiendo hacia el futuro una mirada profética,
¡Simeón Te presenta una espada de dolores!
¡Oh Reina de los mártires, hasta el ocaso de tu vida
Esta dolorosa espada atravesará tu corazón.
Ya debes abandonar el suelo de tu patria,
Para evitar la furia celosa de un rey.
Jesús duerme en paz bajo los pliegues de Tu velo,
José viene a pedirte que partas de inmediato;
Y Tu obediencia se manifiesta enseguida:
Partes sin demora y sin razonar.
En la tierra de Egipto, me parece, oh María,
Que en la pobreza tu corazón permanece alegre;
Pues ¿acaso Jesús no es la patria más hermosa?
¿Qué te importa el exilio?… Posees los cielos.
Pero en Jerusalén, una amarga tristeza,
como un vasto océano, viene a inundar tu corazón…
Jesús, durante tres días, se oculta a tu ternura.
¡Entonces sí que el exilio se muestra con todo su rigor!
Por fin lo ves, y el amor te transporta…
Dices al Niño hermoso que encanta a los Doctores:
«Oh, Hijo mío, ¿por qué actúas así?
«¡He aquí que Tu padre y yo te buscábamos llorando!…»
Y el Niño-Dios responde —¡oh, qué profundo misterio!—
a la Madre que ama y que le tiende los brazos:
«¿Por qué me buscaban?… En las obras de mi Padre
«¡debo pensar ya!… ¿No lo saben?»
El Evangelio me enseña que, creciendo en sabiduría,
Jesús permanece sometido a María y a José;
y mi corazón me revela con cuánta ternura
obedece siempre a Sus queridos padres.
Ahora comprendo el misterio del Templo,
la respuesta, el tono de mi amable Rey:
Madre, este dulce Niño quiere que seas el ejemplo
del alma que lo busca en la noche de la fe…
Puesto que el Rey de los Cielos quiso que Su Madre
estuviera sometida a la noche, a la angustia del corazón,
¿será entonces un bien sufrir en la tierra?
¡Sí!… ¡sufrir amando es la felicidad más pura!
Todo lo que me ha dado, Jesús puede quitármelo;
dile que nunca se preocupe por mí;
puede ocultarse, consiento en esperarlo
hasta el día sin ocaso en que se extinga mi fe.
Sé que en Nazaret, Virgen llena de gracias,
vives muy pobremente, sin querer nada más;
ni arrobamientos, ni milagros, ni éxtasis
embellecen Tu vida, ¡oh, Reina de los elegidos!
El número de los pequeños es muy grande en la tierra;
pueden, sin temblar, alzar los ojos hacia Ti;
por el camino común, incomparable Madre,
¡Te complace caminar para guiarlos a los cielos!
como un vasto océano, viene a inundar tu corazón…
Jesús, durante tres días, se oculta a tu ternura.
¡Entonces sí que el exilio se muestra con todo su rigor!
Por fin lo ves, y el amor te transporta…
Dices al Niño hermoso que encanta a los Doctores:
«Oh, Hijo mío, ¿por qué actúas así?
«¡He aquí que Tu padre y yo te buscábamos llorando!…»
Y el Niño-Dios responde —¡oh, qué profundo misterio!—
a la Madre que ama y que le tiende los brazos:
«¿Por qué me buscaban?… En las obras de mi Padre
«¡debo pensar ya!… ¿No lo saben?»
El Evangelio me enseña que, creciendo en sabiduría,
Jesús permanece sometido a María y a José;
y mi corazón me revela con cuánta ternura
obedece siempre a Sus queridos padres.
Ahora comprendo el misterio del Templo,
la respuesta, el tono de mi amable Rey:
Madre, este dulce Niño quiere que seas el ejemplo
del alma que lo busca en la noche de la fe…
Puesto que el Rey de los Cielos quiso que Su Madre
estuviera sometida a la noche, a la angustia del corazón,
¿será entonces un bien sufrir en la tierra?
¡Sí!… ¡sufrir amando es la felicidad más pura!
Todo lo que me ha dado, Jesús puede quitármelo;
dile que nunca se preocupe por mí;
puede ocultarse, consiento en esperarlo
hasta el día sin ocaso en que se extinga mi fe.
Sé que en Nazaret, Virgen llena de gracias,
vives muy pobremente, sin querer nada más;
ni arrobamientos, ni milagros, ni éxtasis
embellecen Tu vida, ¡oh, Reina de los elegidos!
El número de los pequeños es muy grande en la tierra;
pueden, sin temblar, alzar los ojos hacia Ti;
por el camino común, incomparable Madre,
¡Te complace caminar para guiarlos a los cielos!
Durante este triste destierro, oh querida Madre mía,
Quiero vivir contigo, seguirte cada día;
Virgen, al contemplarte me sumerjo, embelesada,
¡Descubriendo en tu corazón abismos de amor!
Tu mirada maternal ahuyenta todos mis temores:
Me enseña a llorar, me enseña a gozar.
En vez de despreciar los días de fiestas santas,
Quieres compartirlos, te dignas bendecirlos.
Al ver la inquietud de los esposos de Caná,
Que no pueden ocultar, pues les falta vino,
Al Salvador se lo dices, en tu solicitud,
Esperando el auxilio de Su poder divino.
Jesús parece al principio rechazar tu oración:
«¿Qué importa, responde, mujer, a usted y a Mí?»
Pero, en el fondo de Su corazón, te llama Madre Suya,
¡Y realiza para ti Su primer milagro!
Un día en que los pecadores escuchan la doctrina
De Aquel que quisiera recibirlos en el cielo:
Te encuentro con ellos, Madre, en la colina;
Alguien le dice a Jesús que quieres verlo.
Entonces Tu divino Hijo, ante toda la multitud,
Muestra la inmensidad de Su amor por nosotros;
Dice: «¿Quién es mi hermano, y mi hermana, y mi madre,
«Sino aquel que hace mi voluntad?»
¡Oh Virgen inmaculada, oh Madre la más tierna!
Al escuchar a Jesús no te entristeces,
Sino que te alegras de que nos haga comprender
Que nuestra alma se convierte aquí abajo en Su familia.
Sí, te alegras de que nos dé Su vida,
¡Los tesoros infinitos de Su Divinidad!
¿Cómo no amarte, bendecirte, oh María,
Al ver tu generosidad para con nosotros?…
Tú nos amas de verdad como Jesús nos ama,
Y consientes en alejarte de Él por nosotros.
Amar es darlo todo, y entregarse a uno mismo:
Quisiste demostrarlo al seguir siendo nuestro apoyo.
Quiero vivir contigo, seguirte cada día;
Virgen, al contemplarte me sumerjo, embelesada,
¡Descubriendo en tu corazón abismos de amor!
Tu mirada maternal ahuyenta todos mis temores:
Me enseña a llorar, me enseña a gozar.
En vez de despreciar los días de fiestas santas,
Quieres compartirlos, te dignas bendecirlos.
Al ver la inquietud de los esposos de Caná,
Que no pueden ocultar, pues les falta vino,
Al Salvador se lo dices, en tu solicitud,
Esperando el auxilio de Su poder divino.
Jesús parece al principio rechazar tu oración:
«¿Qué importa, responde, mujer, a usted y a Mí?»
Pero, en el fondo de Su corazón, te llama Madre Suya,
¡Y realiza para ti Su primer milagro!
Un día en que los pecadores escuchan la doctrina
De Aquel que quisiera recibirlos en el cielo:
Te encuentro con ellos, Madre, en la colina;
Alguien le dice a Jesús que quieres verlo.
Entonces Tu divino Hijo, ante toda la multitud,
Muestra la inmensidad de Su amor por nosotros;
Dice: «¿Quién es mi hermano, y mi hermana, y mi madre,
«Sino aquel que hace mi voluntad?»
¡Oh Virgen inmaculada, oh Madre la más tierna!
Al escuchar a Jesús no te entristeces,
Sino que te alegras de que nos haga comprender
Que nuestra alma se convierte aquí abajo en Su familia.
Sí, te alegras de que nos dé Su vida,
¡Los tesoros infinitos de Su Divinidad!
¿Cómo no amarte, bendecirte, oh María,
Al ver tu generosidad para con nosotros?…
Tú nos amas de verdad como Jesús nos ama,
Y consientes en alejarte de Él por nosotros.
Amar es darlo todo, y entregarse a uno mismo:
Quisiste demostrarlo al seguir siendo nuestro apoyo.
El Salvador conocía Tu inmensa ternura,
Conocía los secretos de Tu corazón materno…
Refugio de los pecadores, a ti nos deja
cuando deja la cruz para esperarnos en el cielo.
Te me apareces, María, en la cima del Calvario,
De pie, junto a la Cruz, como un sacerdote en el altar;
Ofreciendo, para aplacar la justicia del Padre,
A tu amado Jesús, el dulce Emmanuel.
Un profeta lo dijo, ¡oh Madre desolada!:
«¡No hay dolor semejante a tu dolor!»
¡Oh Reina de los mártires, al permanecer desterrada,
Derramas por nosotros toda la sangre de tu corazón!
La casa de San Juan se convierte en tu único refugio;
¡El hijo de Zebedeo ha reemplazado a Jesús!
Este es el último detalle que da el Evangelio:
De la Virgen María ya no me habla…
Pero su profundo silencio, ¡oh Madre querida!,
¿No revela que el Verbo eterno
Quiere Él mismo cantar los secretos de Tu vida
Para cautivar a tus hijos, a todos los elegidos del cielo?
Pronto escucharé esa dulce armonía;
¡Pronto, en el hermoso cielo, iré a verte!
Tú, que viniste a sonreírme en la mañana de mi vida,
Ven a sonreírme de nuevo… ¡Madre, ya llega la noche!
Ya no temo el esplendor de tu gloria suprema;
Contigo he sufrido… y ahora quiero
Cantar sobre tus rodillas, Virgen, por qué te amo…
¡Y repetir para siempre que soy tu hija!
Conocía los secretos de Tu corazón materno…
Refugio de los pecadores, a ti nos deja
cuando deja la cruz para esperarnos en el cielo.
Te me apareces, María, en la cima del Calvario,
De pie, junto a la Cruz, como un sacerdote en el altar;
Ofreciendo, para aplacar la justicia del Padre,
A tu amado Jesús, el dulce Emmanuel.
Un profeta lo dijo, ¡oh Madre desolada!:
«¡No hay dolor semejante a tu dolor!»
¡Oh Reina de los mártires, al permanecer desterrada,
Derramas por nosotros toda la sangre de tu corazón!
La casa de San Juan se convierte en tu único refugio;
¡El hijo de Zebedeo ha reemplazado a Jesús!
Este es el último detalle que da el Evangelio:
De la Virgen María ya no me habla…
Pero su profundo silencio, ¡oh Madre querida!,
¿No revela que el Verbo eterno
Quiere Él mismo cantar los secretos de Tu vida
Para cautivar a tus hijos, a todos los elegidos del cielo?
Pronto escucharé esa dulce armonía;
¡Pronto, en el hermoso cielo, iré a verte!
Tú, que viniste a sonreírme en la mañana de mi vida,
Ven a sonreírme de nuevo… ¡Madre, ya llega la noche!
Ya no temo el esplendor de tu gloria suprema;
Contigo he sufrido… y ahora quiero
Cantar sobre tus rodillas, Virgen, por qué te amo…
¡Y repetir para siempre que soy tu hija!