¡Oh, Señor Todopoderoso! Desde mi más tierna infancia,
puedo llamarme obra de Tu amor;
quisiera, oh Dios mío, en mi gratitud,
¡ah!, quisiera poder recompensarte.
Jesús, Bienamado mío, ¿qué privilegio es este?
Pobre y pequeño ser, ¿qué había hecho yo por Ti?
Y aquí me veo, siguiendo el blanco cortejo
de las vírgenes de Tu corte, ¡amable y divino Rey!
¡Ay! No soy más que la debilidad misma:
Tú bien lo sabes, Dios mío, ¡no tengo virtudes!
Pero también sabes que, para mí, el bien supremo
que siempre me cautivó… ¡eres Tú, mi dulce Jesús!
Cuando en mi joven corazón se encendió esa llama
que se llama amor… viniste a reclamarla.
Y solo Tú, oh Jesús, pudiste satisfacer mi alma,
pues necesitaba amar hasta el infinito.
Como un corderito lejos del redil,
alegremente jugueteaba, ignorante del peligro;
pero, oh Reina de los cielos, mi querida Pastora,
¡Tu mano invisible sabía protegerme!
Así, mientras jugaba al borde de los precipicios,
ya me mostrabas la cumbre del Carmelo;
entonces comprendía los austeros deleites
que tendría que amar para volar al cielo.
Señor, si amas la pureza del Ángel,
de ese brillante espíritu que nada en el azur,
¿no amas también, elevándose del fango,
el lirio que Tu amor supo conservar puro?
Si es feliz, Dios mío, el Ángel de alas bermejas
que se presenta ante Ti todo blanco de pureza,
mi vestido, ya desde este mundo, es igual al suyo,
¡pues poseo el tesoro de la virginidad!
puedo llamarme obra de Tu amor;
quisiera, oh Dios mío, en mi gratitud,
¡ah!, quisiera poder recompensarte.
Jesús, Bienamado mío, ¿qué privilegio es este?
Pobre y pequeño ser, ¿qué había hecho yo por Ti?
Y aquí me veo, siguiendo el blanco cortejo
de las vírgenes de Tu corte, ¡amable y divino Rey!
¡Ay! No soy más que la debilidad misma:
Tú bien lo sabes, Dios mío, ¡no tengo virtudes!
Pero también sabes que, para mí, el bien supremo
que siempre me cautivó… ¡eres Tú, mi dulce Jesús!
Cuando en mi joven corazón se encendió esa llama
que se llama amor… viniste a reclamarla.
Y solo Tú, oh Jesús, pudiste satisfacer mi alma,
pues necesitaba amar hasta el infinito.
Como un corderito lejos del redil,
alegremente jugueteaba, ignorante del peligro;
pero, oh Reina de los cielos, mi querida Pastora,
¡Tu mano invisible sabía protegerme!
Así, mientras jugaba al borde de los precipicios,
ya me mostrabas la cumbre del Carmelo;
entonces comprendía los austeros deleites
que tendría que amar para volar al cielo.
Señor, si amas la pureza del Ángel,
de ese brillante espíritu que nada en el azur,
¿no amas también, elevándose del fango,
el lirio que Tu amor supo conservar puro?
Si es feliz, Dios mío, el Ángel de alas bermejas
que se presenta ante Ti todo blanco de pureza,
mi vestido, ya desde este mundo, es igual al suyo,
¡pues poseo el tesoro de la virginidad!