Catolicismo

Mateo, capítulo 27

2. A este tiempo se sintió un gran terremoto, porque bajó del cielo un ángel del Señor; y llegándose al sepulcro removió la piedra, y sentóse encima.
3. Su semblante brillaba como el relámpago, y era su vestidura blanca como la nieve.
4. De lo cual quedaron los guardas tan aterrados, que estaban como muertos.
6. ya no está aquí, porque ha resucitado, segun predijo. Venid, y mirad el lugar donde estaba sepultado el Señor.
7. Y ahora id sin deteneros á decir á sus discípulos que ha resucitado; y hé aquí que va delante de vosotros á Galilea: allí le veréis: ya os lo prevengo de antemano.
8. Ellas salieron al instante del sepulcro con miedo y con gozo grande, y fueron corriendo á dar la nueva á los discípulos.
9. Cuando hé aquí que Jesus les sale al encuentro, diciendo: Dios os guarde; y acercándose ellas, postradas en tierra, abrazaron sus pies, y le adoraron.
10. Entonces Jesus les dice: No temais: id, avisad á mis hermanos para que vayan á Galilea, que alli me verán.
11. Mientras ellas iban, algunos de los guardas vinieron á la ciudad, y contaron á los príncipes de los sacerdotes todo lo que habia pasado.
12. Y congregados estos con los Ancianos, teniendo su consejo, dieron una grande cantidad de dinero a los soldados,
13. con esta instruccion: Habeis de decir: Estando nosotros durmiendo, vinieron de noche sus discípulos, y le hurtaron.
14. Que si eso llegare á oidos del presidente, nosotros le aplacarémos, y os sacarémos á paz y á salvo.
15. Ellos, recibido el dinero, hicieron segun estaban instruidos; y esta voz ha corrido entre los judios hasta el dia de hoy.
16. Mas los once discípulos partieron para Galilea, al monte que Jesus les habia señalado.
17. Y allí al verle le adoraron: si bien algunos tuvieron sus dudas .
18. Porque sabía que por envidia le habían entregado a Jesús.
19. Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: «No tengas nada que ver con ese justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por causa de Él».
20. Pero los príncipes de los sacerdotes y los ancianos persuadieron al pueblo para que pidiera a Barrabás y diera muerte a Jesús.
21. El gobernador, tomando la palabra, les dijo: «¿A cuál de los dos quieren que les suelte?». Ellos respondieron: «A Barrabás».
22. Pilato les dijo: «¿Qué haré, pues, con Jesús, llamado Cristo?».
23. Ellos le respondieron: «¡Que sea crucificado!». El gobernador les dijo: «¿Qué mal ha hecho?». Y ellos gritaron todavía más fuerte: «¡Que sea crucificado!».
24. Pilato, viendo que no conseguía nada, sino que el tumulto iba en aumento, tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: «Soy inocente de la sangre de este justo; ustedes responderán por ello».
25. Y todo el pueblo dijo: «¡Que Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!»
26. Entonces les soltó a Barrabás; y, después de hacer azotar a Jesús, lo entregó para que fuera crucificado.
27. Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de Él a toda la cohorte.
28. Después de despojarlo de sus vestidos, echaron sobre Él un manto escarlata.
29. Trenzaron una corona de espinas, que pusieron sobre Su cabeza, y le pusieron una caña en la mano derecha; luego, doblando la rodilla ante Él, le decían en son de burla: «¡Salve, Rey de los judíos!»
30. También le escupían en el rostro y, tomando la caña, le golpeaban la cabeza con ella.
31. Después de haberse burlado así de Él, le quitaron el manto, le pusieron Sus vestidos y se lo llevaron para crucificarlo.
32. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, a quien obligaron a llevar la cruz de Jesús.
33. Después de llegar al lugar llamado Gólgota, es decir, el lugar de la Calavera,
34. le dieron a beber vino mezclado con hiel; pero, después de probarlo, no quiso beberlo.
35. Cuando lo hubieron crucificado, se repartieron Sus vestidos echándolos a suertes, para que se cumpliera la palabra del Profeta: «Se repartieron Mis vestidos y echaron a suertes Mi túnica».
36. Y, sentados, lo vigilaban.
37. Sobre Su cabeza pusieron un letrero que indicaba la causa de Su suplicio: «Este es Jesús, el rey de los judíos».
38. Al mismo tiempo, crucificaron con Él a dos bandidos, uno a Su derecha y el otro a Su izquierda.
39. Y los que pasaban lo insultaban, meneando la cabeza
40. y diciendo: «Tú, que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, ¡sálvate a Ti mismo! Si eres Hijo de Dios, ¡baja de la cruz!».
41. Los Príncipes de los sacerdotes, con los Escribas y los Ancianos, también se burlaban de Él y decían:
42. «Ha salvado a otros, y no puede salvarse a Sí mismo; si es Rey de Israel, que baje ahora de la cruz, y creeremos en Él.
43. Ha confiado en Dios; si Dios le ama, que le libre ahora; pues ha dicho: Soy Hijo de Dios».
44. Los ladrones que estaban crucificados con Él le insultaban de la misma manera.
45. Desde la hora sexta hasta la hora novena, hubo tinieblas sobre toda la tierra.
46. Hacia la hora novena, Jesús clamó con voz fuerte: «Eli, Eli, lamma sabacthani», es decir: «Dios Mío, Dios Mío, ¿por qué Me has abandonado?».
47. Algunos de los que estaban allí, al oírlo, dijeron: «Llama a Elías».
48. Y enseguida uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, se la presentó para que bebiera.
49. Los demás decían: «Déjalo; veamos si Elías viene a salvarlo».
50. Jesús lanzó de nuevo un gran grito y entregó el espíritu.
51. Y he aquí que el velo del santuario se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló y las rocas se partieron,
52. los sepulcros se abrieron, y muchos santos cuyos cuerpos yacían allí resucitaron.
53. Salidos de sus sepulcros, entraron, después de la resurrección de Jesús, en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.
54. El centurión y los que estaban con él custodiando a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que sucedía, fueron presa de un gran temor y dijeron: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».
55. Había también allí muchas mujeres que miraban desde lejos; habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle.
56. Entre ellas estaban María Magdalena, María, madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
57. Al atardecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también era discípulo de Jesús.
58. Fue a ver a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Y Pilato ordenó que se lo entregaran.
59. José tomó el cuerpo y lo envolvió en una sábana blanca,
60. y lo depositó en el sepulcro nuevo que había hecho excavar en la roca para sí mismo; luego, después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue.
61. María Magdalena y la otra María estaban allí, sentadas frente al sepulcro.
62. Al día siguiente, que era sábado, los Príncipes de los sacerdotes y los Fariseos fueron juntos a ver a Pilato,
63. y le dijeron: «Señor, recordamos que ese impostor, cuando todavía vivía, dijo: Después de tres días resucitaré;
64. ordene, pues, que se vigile su sepulcro hasta el tercer día, no sea que sus discípulos vengan, roben el cuerpo y digan al pueblo: Ha resucitado de entre los muertos. Esta última impostura sería peor que la primera.»
65. Pilato les respondió: «Tienen una guardia; vayan y asegúrenlo como les parezca bien».
66. Ellos fueron, pues, y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo guardias.

Fuente La Sagrada Biblia, trad. Félix Torres Amat (1836), es.wikisource.org · Índice