Cómo se cernía el Espíritu de Dios sobre las aguas.
Pero, ¡oh Luz de Verdad!, pongo junto a Ti este corazón, que solo me enseñaría vanidades; disipa sus tinieblas y dime, te lo suplico por tu caridad, nuestra madre; dime, te ruego, ¿por qué Tu Escritura no nombra al Espíritu Santo sino después de haber nombrado el cielo y la tierra, invisible y sin forma, y las tinieblas extendidas sobre el abismo? ¿Era, pues, necesario, para sugerirnos Su conocimiento, representarlo como «cernido sobre», indicando primero sobre qué? No era ni sobre el Padre, ni sobre el Hijo, ni, sin duda, sobre nada. Era, pues, necesario indicar primero sobre qué se cernía Aquel de quien era imposible hablar sin decir que estaba «cernido sobre». Pero ¿por qué?
Pero, ¡oh Luz de Verdad!, pongo junto a Ti este corazón, que solo me enseñaría vanidades; disipa sus tinieblas y dime, te lo suplico por tu caridad, nuestra madre; dime, te ruego, ¿por qué Tu Escritura no nombra al Espíritu Santo sino después de haber nombrado el cielo y la tierra, invisible y sin forma, y las tinieblas extendidas sobre el abismo? ¿Era, pues, necesario, para sugerirnos Su conocimiento, representarlo como «cernido sobre», indicando primero sobre qué? No era ni sobre el Padre, ni sobre el Hijo, ni, sin duda, sobre nada. Era, pues, necesario indicar primero sobre qué se cernía Aquel de quien era imposible hablar sin decir que estaba «cernido sobre». Pero ¿por qué?