Pequeña llave, ¡oh!, te envidio,
a ti, que puedes abrir cada día
la prisión de la Eucaristía,
donde reside el Dios de amor.
Pero yo puedo, ¡qué milagro tan conmovedor!,
con un solo acto de mi fe,
abrir también el Tabernáculo,
esconderme allí junto al Rey divino…
Quisiera, en el santuario,
consumiéndome junto a mi Dios,
brillar siempre misteriosamente,
como la lámpara del Lugar santo.
¡Oh felicidad!, llevo llamas dentro de mí,
y cada día puedo ganar
para Jesús un gran número de almas,
inflamarlas con Su amor…
Con cada aurora, te envidio,
¡oh piedra santa del altar!
Como en el establo bendito,
sobre ti quiere nacer el Eterno.
Escucha mi humilde oración:
ven a mi alma, dulce Salvador.
Lejos de ser una piedra fría,
es el suspiro de Tu Corazón.
¡Oh corporal rodeado de Ángeles,
cuánto te envidio también!
Sobre ti, como en sus humildes pañales,
veo a Jesús, mi único tesoro.
Cambia mi corazón, Virgen María,
en un corporal puro y hermoso,
para recibir la blanca hostia
donde se esconde Tu dulce Cordero.
Santa patena, te envidio…
Sobre ti, Jesús viene a reposar.
¡Oh!, que Su infinita grandeza
se digne abajarse hasta mí…
Jesús, colmando mi esperanza,
no espera la noche del exilio:
¡viene a mí!… con Su presencia,
soy una custodia viviente.
Quisiera ser el cáliz
donde adoro la Sangre divina.
Pero puedo, en el santo Sacrificio,
recogerla cada mañana.
Mi alma es más querida para Jesús
que los preciosos vasos de oro;
el altar es un nuevo Calvario,
donde Su Sangre vuelve a correr por mí.
Jesús, Vid santa y sagrada,
Tú lo sabes, ¡oh mi divino Rey!,
soy un racimo dorado
que debe desaparecer por Ti.
Bajo la prensa del sufrimiento,
te demostraré mi amor.
No quiero otro gozo
que inmolarme cada día.
¡Qué suerte tan dichosa! He sido elegida
entre los granos de trigo puro
que pierden la vida por Jesús;
¡muy grande es mi dicha!
Soy Tu esposa querida,
Amado mío, ven a vivir en mí.
¡Oh, ven, Tu Belleza me ha cautivado,
dígnate transformarme en Ti!
a ti, que puedes abrir cada día
la prisión de la Eucaristía,
donde reside el Dios de amor.
Pero yo puedo, ¡qué milagro tan conmovedor!,
con un solo acto de mi fe,
abrir también el Tabernáculo,
esconderme allí junto al Rey divino…
Quisiera, en el santuario,
consumiéndome junto a mi Dios,
brillar siempre misteriosamente,
como la lámpara del Lugar santo.
¡Oh felicidad!, llevo llamas dentro de mí,
y cada día puedo ganar
para Jesús un gran número de almas,
inflamarlas con Su amor…
Con cada aurora, te envidio,
¡oh piedra santa del altar!
Como en el establo bendito,
sobre ti quiere nacer el Eterno.
Escucha mi humilde oración:
ven a mi alma, dulce Salvador.
Lejos de ser una piedra fría,
es el suspiro de Tu Corazón.
¡Oh corporal rodeado de Ángeles,
cuánto te envidio también!
Sobre ti, como en sus humildes pañales,
veo a Jesús, mi único tesoro.
Cambia mi corazón, Virgen María,
en un corporal puro y hermoso,
para recibir la blanca hostia
donde se esconde Tu dulce Cordero.
Santa patena, te envidio…
Sobre ti, Jesús viene a reposar.
¡Oh!, que Su infinita grandeza
se digne abajarse hasta mí…
Jesús, colmando mi esperanza,
no espera la noche del exilio:
¡viene a mí!… con Su presencia,
soy una custodia viviente.
Quisiera ser el cáliz
donde adoro la Sangre divina.
Pero puedo, en el santo Sacrificio,
recogerla cada mañana.
Mi alma es más querida para Jesús
que los preciosos vasos de oro;
el altar es un nuevo Calvario,
donde Su Sangre vuelve a correr por mí.
Jesús, Vid santa y sagrada,
Tú lo sabes, ¡oh mi divino Rey!,
soy un racimo dorado
que debe desaparecer por Ti.
Bajo la prensa del sufrimiento,
te demostraré mi amor.
No quiero otro gozo
que inmolarme cada día.
¡Qué suerte tan dichosa! He sido elegida
entre los granos de trigo puro
que pierden la vida por Jesús;
¡muy grande es mi dicha!
Soy Tu esposa querida,
Amado mío, ven a vivir en mí.
¡Oh, ven, Tu Belleza me ha cautivado,
dígnate transformarme en Ti!