1. Señor, cuando considero Tu grandeza y mi
bajeza, me sobrecoge el temor y quedo confundido dentro de mí.
Porque, si no me acerco a Ti, huyo de la vida; y si me
acerco indignamente, provoco Tu ira.
¿Qué haré, pues, Dios mío, protector mío, consejero
mío en todas mis necesidades?
2. Muéstrame el camino recto, enséñame algún
breve ejercicio para disponerme a la santa Comunión.
Pues me importa saber con qué fervor y
respeto debo preparar mi corazón para recibir
fructuosamente Tu Sacramento, o para ofrecerte este gran
y divino sacrificio.
bajeza, me sobrecoge el temor y quedo confundido dentro de mí.
Porque, si no me acerco a Ti, huyo de la vida; y si me
acerco indignamente, provoco Tu ira.
¿Qué haré, pues, Dios mío, protector mío, consejero
mío en todas mis necesidades?
2. Muéstrame el camino recto, enséñame algún
breve ejercicio para disponerme a la santa Comunión.
Pues me importa saber con qué fervor y
respeto debo preparar mi corazón para recibir
fructuosamente Tu Sacramento, o para ofrecerte este gran
y divino sacrificio.
Si es necesario preparar el alma antes de la oración, ¿cuánto más antes de acercarse a la divina Eucaristía? Y por eso dice el Apóstol: Que cada uno se examine a sí mismo, y que así coma de este pan y beba de este cáliz; porque quien come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación, al no discernir el cuerpo del Señor. Pero, ¡ay, Dios mío!, cuanto más me examino, más me reconozco indigno de unirme a Ti en el adorable sacramento de Tu cuerpo y de Tu sangre; y, sin embargo, si no como Tu carne y no bebo Tu sangre, no tendré vida en mí: de modo que me encuentro dividido entre el deseo de sentarme al banquete sagrado al que invitas a Tus fieles y el temor de oír estas terribles palabras: ¿Por qué has entrado aquí sin llevar el traje de boda? Átenlo de pies y manos y arrójenlo a las tinieblas exteriores; allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Qué haré, pues?
¡Ah! Esto es lo que haré. Me presentaré tal como soy, despojado, desnudo, miserable, ante mi Señor y mi Dios, y le diré:
Ten piedad de mí, Señor, y dígnate revestirme Tú mismo con el vestido puro que me hará digno de ser admitido en la sala del banquete. Si no vienes en mi auxilio, si no suples mi indigencia, ¡oh, divino Maestro mío!, quedaré para siempre excluido de Tu santa Mesa; pero posarás una mirada de compasión sobre este pobre; vendrás a él con Tu bondad, con Tu inmensa misericordia, y extenderás Tu mano para cubrir su desnudez: sí, Señor, he esperado en Ti, y no quedaré confundido eternamente.
¡Ah! Esto es lo que haré. Me presentaré tal como soy, despojado, desnudo, miserable, ante mi Señor y mi Dios, y le diré:
Ten piedad de mí, Señor, y dígnate revestirme Tú mismo con el vestido puro que me hará digno de ser admitido en la sala del banquete. Si no vienes en mi auxilio, si no suples mi indigencia, ¡oh, divino Maestro mío!, quedaré para siempre excluido de Tu santa Mesa; pero posarás una mirada de compasión sobre este pobre; vendrás a él con Tu bondad, con Tu inmensa misericordia, y extenderás Tu mano para cubrir su desnudez: sí, Señor, he esperado en Ti, y no quedaré confundido eternamente.